Ya soy independiente; sin embargo…

Por: Psic. Fernando Romero Guzmán

El ensayo que a continuación presento dependerá mucho de cómo se lea, aunque estas líneas son independientes de lo que te provoquen, al final y al cabo intentan crear una atmósfera en la que interdependientemente, tus ideas y las mías se conformen en el contexto terapéutico.

Supongamos que tenemos a dos personas que inicialmente son desconocidas, cada una con sus experiencias y vivencias y con sus dependencias e independencias, ambas están por iniciar un proceso terapéutico en el cual comenzarán a conocerse y como va pasando el tiempo, irán conformando el contacto entre ambos, se creará un campo energético-afectivo entre ellos y con esto surgirá una relación entre dos personas, ya no serán desconocidas y en consecuencia, como una relación amorosa, se dará la relación terapéutica; hasta éste momento y no antes. Sin embargo, estando influenciados por los influjos de ésta relación y siendo en esencia dos personas que se conocen y conviven en un ambiente común, me pregunto:

¿Cómo se crea la relación?
¿Cuál es la circunstancia que los integra?
¿Qué hay de fondo?

Posiblemente existen muchas respuestas, pero la más acertada será la que responda a esta relación en particular, a ellos dos, a ese momento. Si bien es cierto que en lo individual, y conscientemente cada uno sabe quién es, el simple hecho de conocerse y convivir en un espacio y tiempo determinado crea una circunstancia que provoca en ambos -sea lo que sea- algo no perceptible, inconsciente o de lo cual no se dan cuenta, rompiéndose toda unilateralidad y objetividad científica -no la real objetividad- que se quiera buscar. Saliéndose fuera de todo control, emergerá de cada uno su ser dejando ver de sí lo otro, lo personal y no conocido por ellos, llámasele proyección o sombra; que aunque sí esté sujeto a la sensación individual, inmediatamente aparece la defensa, la negación, la represión, la deflexión, para no escuchar, para no ver, para no sentir. Siendo así que en primera instancia, esto sólo puede ser captado por el otro, y el otro es cualquiera de los dos, pues entre ambos se escuchan, se ven, se sienten, se conocen.

Siendo el observador observado, es dudoso considerar que en un contexto y relación terapéutica, sea sólo el “experto” el único que puede obtener información del otro y conocer más allá de lo que el paciente sabe de sí mismo, pues éste es el único “experto” en su vida, Tenemos entonces, que ambos obtienen información del otro, porque la relación es de dos y sólo al utilizar la técnica, el terapeuta mediado por un profundo ejercicio de introspección como señalan los estructuralistas, autoanálisis, autorreflexión, darse cuenta, etc., estará en posibilidades de darse cuenta de sí mismo, y por el otro lado, el paciente ya a comenzado a autodescubrirse, pues de lo contrario no estaría en un proceso individual de crecimiento, resultando con ello un “Te veo” y “Me veo” y llevado esto, al nivel de todos los sentidos, “Te escucho”, “Me escucho”, etcétera.

Pero esto no queda aquí, en esta circunstancia, en este proceso, en este ambiente, en este contexto; la unión de ambos crea una unidad, un espacio de crecimiento y vivencia mutua donde lo impersonal se convierte en lo común, como una vivencia y experiencia compartida humanamente, pero no en un rompimiento de límites, de esta forma se vale decir: “Nos vemos”, “Nos escuchamos”, etc. La relación se encuentra en otro nivel, ya no existe el desconocimiento, hay intimidad, se da la confianza, la posibilidad de expresarse, el estar, el pensar y el sentir. Y es en estos momentos cuando el mundo interno y externo le dan a la relación y a cada uno lo que necesitan, dejando salir lo que en ese momento y a ese ritmo emerja, posibilitando con ello, el conocimiento y en consecuencia, el crecimiento.

Siendo a sí el inicio de este proceso, al darse la sensibilidad en el contacto es cuando uno y otro se ocupara de lo que le corresponde, por un lado, el terapeuta acompañará y brindará; y por el otro, el paciente descubrirá, aceptará e integrará. Nos encontramos aquí la variable de lo que emerja en la situación, por un lado tenemos a los participantes y por el otro, lo no conocido y al respecto nunca se sabe qué demonios o ángeles aparecerán, afectando con su presencia a las personas y a la experiencia compartida en un Tú, Yo, Nosotros, Aquí y Ahora -aunque muchos defiendan la postura de una objetividad, la separación, el poder, el control, el “no-pasa nada”, que considerándolo en estricto; queda tan sólo en un supongo que no me pasa nada, siendo que el sentir de la condición humana no se puede evitar-, entablando contacto con nuestra realidad oculta, que en mucho es la que nos conduce en relación con los otros, con uno mismo, dentro de un mundo conformado, susceptible de modificar o reestructurar en el proceso terapéutico.

Otro aspecto a resaltar es la actitud o rol que tomamos cada uno con respecto al otro. Iniciar el proceso implica darnos cuenta de esta actitud; como terapeuta mi proceder es dependiendo de ti, siendo independiente o buscando la interdependencia; de igual forma, como paciente o con mis pacientes, la postura es:

dependo de lo que tú me digas, soy independiente de lo que digas o busco que juntos lleguemos a algo.

Como se podrá ver, no existe una diferencia significativa, porque estas posturas pueden ser inconscientes o conscientes. Por lo tanto, hablar de dependencia, independencia o interdependencia es para mí, enmarcándolo en un tiempo, un momento y bajo una circunstancia dinámica.

Tenemos que en el plano personal, siendo lo que me interesa, la dependencia que es entendida como:

“Aquella persona que recibe ayuda o está bajo el control de otro”(1)

“la persona cuyo bienestar social, económico o intelectual es sostenido por otra persona”(2)

Como se puede leer, la dependencia implica el contacto y la relación con el otro, sin un otro la dependencia no existiría, lo cual me lleva a que de manera natural me pregunte: ¿dónde aprendió el otro o dónde aprendí yo, a ser dependiente?, ¿Qué es lo que estoy obteniendo? Naturalmente me respondería que lo aprendí de mis papás en la infancia, pero y ellos ¿dónde lo aprendieron?.

Me surge la duda de si será importante encontrar una respuesta a estas interrogantes o si lo más relevante será el considerar de qué manera y cómo esta postura afecta o beneficia al otro como paciente y a mí, como terapeuta y paciente, cuando seguramente, en el consultorio se hará presente. Visto así, el ser dependiente o el ver la dependencia me hace considerar lo siguiente:

“Falta de iniciativa, pasividad, desorientación, falta de colaboración, relaciones interpersonales superficiales y manipuladoras, temor, angustia…. Sentimiento desvalido, sumisión, no tomar decisiones sin antes pedir consejo primero, tender al acuerdo y conformidad por temor a defraudar, dificultad para iniciar proyectos y tomar iniciativa, huir de la soledad, hundirse cuando la relación íntima termina, temor al abandono, la crítica y la desaprobación, autosacrificio, sentimientos de humillación y autodegradación, no se ofende al cuidador…. Se permite en forma pasiva que otras personas tomen decisiones importantes en su vida porque no tienen confianza y se sienten incapaces de funcionar de manera independiente. Someter las propias necesidades y demandas de otros. Temen a la separación y necesitan que alguien se preocupe por ellos. Demasiado apego. Ser complaciente, retraído, buscar congraciarse continuamente. En la soledad sentirse vacíos, ansiosos (por perder la figura dominante) e incapaces de funcionar”.

Al leer lo anterior, me acorde de cuando fui al kinder y me daban plastilina para crear o modelar figuras, al inicio me parecía divertido, pero después me aburría. Divertido porque en muchas ocasiones resultaba lo que yo quería o esperaba; aburrido, porque la plastilina tenía en su consistencia algo que no me permitía hacer realmente lo que yo quería. Al pensarlo así con el otro, veo como en mucho, lo que hacemos en el trato diario es querer moldear a las personas de acuerdo a necesidades internas, siendo ciegos de sí realmente se logra ello y olvidándonos de su independencia. Porque en definitiva, nosotros no moldeamos sino que los otros son quienes permiten nuestro proceder; es decir, ellos se moldean a sí mismos, nos venden y compramos un rol. Entonces no solo existe un dependiente, sino también un alguien que busca que los otros dependan de uno, puede ser por poder o por una necesidad.

Llevado esto al contento terapéutico pudiera esperarse que se presentara un panorama diferente; sin embargo, ¿el dependiente es uno u otro?, ¿En relación con qué?, ¿En qué sentido?, ¿Puede existir dependencia positiva y negativa? Vuelvo entonces a considerar la circunstancia, pero lo cierto es que si esta dependencia rompe con la libertad, coarta la expresión y utilización de las capacidades y potencialidades e impide vivir feliz, entonces sí, es negativo. Luego entonces, se es una persona no comprometida consigo mismo, con la vida y en la cual no se asume la responsabilidad de las experiencias y de la existencia, notándose lo anterior en preguntas tales como: ¿soy o no soy parte de?, ¿Qué necesito hacer para que me acepten?, ¿A qué me estoy comprometiendo?.(3)

Como contraparte se tiene la independencia, el ser yo en mis pensamientos y sentimientos, con libertad y compromiso, con la capacidad de resolver problemas y analizar conflictos, crear condiciones de confianza y respeto, poder confrontar, entre muchas más. Sin perder de vista lo que uno es, lo que uno quiere y recoger el pasado para proyectar al futuro, ideas que se manifiestan en algunas preguntas como las siguientes: ¿qué es justo y equitativo?, ¿Cómo debo alcanzar mis metas?, ¿Cuánto control ejerzo y cuánto dejo que ejerzan en mi?, ¿Qué tan cerca me siento de los demás? Y muchas más.

Lo anterior pensado en un movimiento personal progresivo, estaría hablando de cierta integridad y diferenciación en cada uno, el Yo-Tú de Buber. Aquí entra la importancia del contexto terapéutico, donde dos expertos caminarán juntos para buscar, para encontrar lo que necesitan, en una relación dinámica. Cabe resaltar que para tal fin, el proceso terapéutico que lleva todo terapeuta es crucial para cerrar primero los asuntos inconclusos y después vivenciar la integración, donde la confluencia, la evitación y la dependencia se hayan trabajado, para ser libres y poder transitar en una relación interdependiente.

Al respecto, el punto intermedio entre ambos es la interdependencia donde, sin dejar de ser yo ni convertirme en ti, puedo emitir evaluaciones, comprender la forma de pensar, sentir y reaccionar, tomar conciencia, analizar y aceptar con mayor libertad los juicios emitidos y los errores cometidos, tener conciencia de mis capacidades y habilidades, aceptarme a mí mismo y a los demás, tener iniciativa y creatividad y ser autogenerador, siempre dentro de una atmósfera de confianza y apoyo para poder expresar mis expectativas y temores, ser honesto, genuino, atender y escuchar, delegar, confiar, facilitar mis propios procesos y los de los demás; en suma, mirar hacia delante, llegando a preguntarme: ¿los demás son importantes para mí?, ¿Satisfago mis necesidades afectivas y de autorrealización?, ¿Me proyecto en el presente? Claro está que considero que la interdependencia, como medio de conocimiento y crecimiento mutuo, depende en mucho del contexto o burbuja terapéutica que se conforme y del momento existencial de cada uno.

Tenemos entonces, tres posturas, ser dependiente, ser independiente y ser interdependiente, pero esa meta ¿es algo personal?, ¿Se puede dar dentro de una relación terapéutica?, Para alcanzar esto último, ¿qué es lo que se necesita?

Sheldon B. Kopp señala lo siguiente:

“Parte de la tarea del terapeuta es evitar enredarse en los intentos del paciente de chantaje emocional, de intimidación, de adoración seductora, de exigencias de dependencia y demás. Por supuesto, es muy probable que el analista caiga en la trampa al responder a estas demandas de ciertas maneras, pero entonces el reconocimiento y liberarse de la trampa hacen que el paciente empiece a ver lo que él mismo persigue. El analista trata de despertar la curiosidad del paciente acerca de su vida. Al mismo tiempo que interrumpe estas estrategias autoderrotistas del paciente al no participar en ellas, también insiste en ser reconocido como una persona por derecho propio y con sentimientos que cuentan…..(p.222)

en última instancia todo hombre está solo. Nadie puede hacer por él mismo lo que él debe hacer por sí mismo.

Tienes que caminar por ese valle solitario,
Tienes que caminar a solas,
Nadie puede hacerlo por ti,
Tienes que caminarlo tú mismo.

Ninguna otra solución será eficaz. Todo hombre tiene que contender con la misma condición fundamental de estar aquí y ahora, de ser él mismo y no otro. No obstante, para cada uno es diferente aun cuando se trate de lo mismo. Difiere básicamente en que yo no soy usted aunque nuestros problemas sean los mismos……(p.225)

Por tanto, lo mejor será que nos empecemos a conocer porque poco hay en este mundo para nosotros. Debemos aprender a saber lo que nos podemos dar y lo que podemos esperar recibir. A veces resulta muy difícil ser un ser humano: un adulto, limitado, a veces desamparado, un individuo que lo mejor que puede hacer es ocuparse de sí mismo porque nadie más lo hará.”(p.226)(4)

En éstas palabras de Sheldon B. Kopp, creo yo, se dibuja la relación entre estas tres instancias existenciales, dependencia, independencia e interdependencia dentro del proceso terapéutico.

Ser dependiente implica llegar con una actitud pasiva y de no-compromiso ante el terapeuta, esperando como siempre a que éste diga que es lo que se debe hacer con la vida propia, ante lo cual, el terapeuta se puede ver confrontado ante él y ante la dependencia propia, si es que existe, o incluso ante otros o sobre los libros para poder determinar como proceder, dejando con ello de ser natural, o por el contrario, puede que no lo compre al asumir la responsabilidad que le corresponde a cada uno, en consecuencia, habrá de buscarse la independencia para poder después llegar a la interdependencia. Cómo segundo caso se tiene que un ser independiente llegue a terapia, si ello corresponde con una independencia por parte del terapeuta, ambos sabrán como caminar juntos creando con ello la interdependencia, pero qué sucederá si en este caso el terapeuta es dependiente, entonces el poder de la terapia pasará a manos del paciente, rompiendo con ello, el proceso natural de crecimiento, afortunadamente, para tal efecto se cuenta con la terapia del propio analista. Como tercer vertiente está la interdependencia, que a mi parecer sólo se alcanzara si ambos, terapeuta y paciente son independientes en sí mismos, de lo contrario, no existirá un equilibrio donde estén dos personas completas interactuando entre sí.

Por consiguiente, para que éstas tres instancia puedan ser útiles, se tendrá que guiar el proceso de una manera progresiva, primero incentivar al paciente y al terapeuta a alcanzar su independencia interna y externa, rompiendo con ello muchos de los condicionamientos sociales que determinan la dependencia, diferenciar la dependencia positiva de la negativa, aprender a vivir como personas únicas, diferenciadas, pero connaturalizadas con el otro. Y este proceso en el ámbito terapéutico estará sujeto a las necesidades de cada uno y a la circunstancia o momento existencial que se esté viviendo.

En suma, llegar a una interdependencia como medio de crecimiento personal implicará que ambos, estando en una sesión terapéutica y en posibilidad de confrontar sus proyecciones, su sombra -sin confundirlos-, retomarán sólo lo que le sirva para ser más humanos, ser más sí mismos.

Referencias Bibliográficas

1 Howard, W. (1973). Diccionario de psicología, México, FEC, p. 85.

2 Wolman, B. (1987). Diccionario de ciencias de la conducta, México, Trillas, p. 134.

3 Sarason, I. y Sarason, B. (1996). Psicología anormal, México, Prentice H., p. 275, 276.

4 Sheldon, K. (1981). GURU Metáforas de un psicoterapeuta, México, Gedisa, p. 222-226.

Comentarios

comentarios

Deja un comentario