Vivir para experimentar

Por: Brenda Pons

bren_369@hotmail.com

Yo, como muchas mujeres tal vez, crecí como una princesa que soñaba con encontrar a su príncipe azul. Como buena princesa e hija de un matrimonio estable, con una mamá que se dedicaba a su familia y a su casa en cuerpo y alma, y un papá que trabajaba largas horas para mantener a su familia en un nivel de vida holgado, debía ser educada, refinada, serena y sobre todo, obediente. Esto era un ideal muy lejano, sobre todo porque desde niña, fui brusca, rebelde, sincera e independiente. Si bien soñaba con mi príncipe azul, siempre hubo algo dentro de mí que no se convencía de anhelar aquel futuro.

Desde la primera a los 16 años, mis relaciones de pareja siempre fueron formales y “adultas“; mi novio me recogía de la escuela, comíamos juntos con sus papás o los míos, me llevaba a todos lados, los viernes con sus amigos, los sábados con su familia, los domingos con la mía. Claro que si me invitaban a algún lado y el no iba, yo tampoco, y por supuesto que ante los demás éramos la pareja perfecta, aunque a puerta cerrad hubiera gritos y sombrerazos. No importaba con quien estuviera, la relación siempre era así, y yo, aprendía a aparentar que siempre todo estaba bien, de otra forma el problema siempre era mi culpa y yo tenía que adaptarme para que se resolviera. A los 19 años empecé la carrera en psicología, y también, empecé a ir a terapia ya que s bien no era un requisito para estudiar mi carrera, yo consideraba que era congruente hacerlo. Durante mi aprendizaje como alumna de psicología y mi proceso de terapia, comencé a romper con patrones aprendidos que no estaba convencida de querer en mi vida, comencé a darme cuenta de que la persona que había aprendido a ser y la que realmente soy no era la misma. En algún punto me di cuenta que soy un ser en esencia experimental, que no tenía porqué construir mi vida alrededor de un hombre y que, el matrimonio de mis papás era uno de muchos modelos de matrimonio, y no el único posible para mí. Entonces pasé de querer estudiar una carrera por trámite para que mis papás me dieran su bendición sin peros cuando me quisiera casar, a vivirla como una experiencia de vida y encontrar en ella mi misión en la vida.

Para éste momento, ya tenía 22 años, estaba de intercambio en España, lejos de mi familia y ver el sistema en que crecí durante 20 años de lejos me permitió valorar aun más mi individualidad, a pasos agigantados me acerqué cada vez más a mi verdadera esencia y comencé con tropezones a construir mi propio ideal a futuro. Me di cuenta, que si bien había prendido mucho en mis relaciones de pareja, también había perdido el tiempo siendo una mujer que no soy; la condescendencia y la apariencia de que siempre todo estaba bien, empezó a ser una carga muy pesada de llevar y dolorosa de enfrentar día a día. Algo me faltaba para sentirme plena, pensé que seguramente era una pareja, y pasé casi 2 años buscando a ese príncipe que no tenía por qué ser azul, sin darme cuenta de que lo estaba buscando queriendo encontrar en él la libertad que no había construido para mí misma. Seguía viéndome como princesa de cuento, indefensa y necesitada de alguien que me rescatara y liberara, como solo los hombres pueden hacerlo. Me había movido de lugar en cuanto a mi búsqueda, sí, y también seguía buscando desde la misma imagen de mí misma, por lo tanto era imposible que alguien ocupara ese lugar en mi vida, ya que en sí mismo era confuso.

En medio de mi desilusión por la falla constante en encontrar a mi príncipe y movida por mi necesidad de sentirme plena, decidí entonces experimentar mi vida como viniera, sin filtros, sin buscar encontrar algo específico. Fue entonces, cuando una compañera de clase a quien empezaba a conocer, y quien se consideraba bisexual aunque nunca había tenido una relación con una mujer, en medio de una plática a este respecto, me preguntó “¿y tu qué quieres? ¿ hombre, mujer o quimera?“ a lo cual respondí sin pensar, “hombre“, siguiendo la plática le dije “por algo siempre he estado con hombres, no te puedo decir que busco a una mujer porque es algo que nunca lo he experimentado“. A la vuelta del tiempo, ésta compañera que comenzaba a conocer, se convirtió en mi pareja; sí, por un lado fue un experiencia reveladora, y también fue muy desgastante. Me enamoré como nunca antes, construimos juntas una relación distinta a todo lo que ambas habíamos vivido antes, si roles de pareja o de género, sin miedo a lo que los demás dijeran, sin ocultar lo que éramos juntas, y a concomitante a esto, sin límites. Esta vez, lo desgastante no era fingir que todo estaba bien, si no que los problemas nunca terminaban, la emocionalidad y sensibilidad de ambas, sin importar cómo abordáramos el problema, invariablemente nos llevaba a la no solución. Recuerdo que cuando le platiqué a mis amigos y familiares de ésta relación, causó conmoción, si bien todos me apoyaron, también todos me dijeron que sin duda era una etapa que necesitaba vivir esto para aprender algo de mí misma, y que dudaban mucho que yo fuera gay, cosa que en el fondo siempre supe y sin embargo sentía que necesitaba estar allí y vivir la experiencia. Después de 2 años en esta relación, me di cuenta que la misma ya no existía, que sin planearlo ni darnos cuenta nos habíamos convertido mas en compañeras de vida que en una pareja y terminé con ella.

Durante el doloroso y largo cierre interno de ésta experiencia, me dediqué a reconstruirla para poder encontrar los pedazos de mí perdidos en esta historia, un sin fin de cuestionamientos pasaban por mi cabeza sin parar, en especial aquél que años antes mi ahora ex novia me había hecho: “¿y tu qué quieres?,   ¿ hombre, mujer o quimera?“…la respuesta fue clara, y esta vez no porque no haya estado con una mujer, si no porque definitivamente buscaba a un hombre. Pero, ¿cómo regresas una vez qué sales del clóset? Bueno, tal vez no necesitaba regresar, tal vez el clóset del que salí no fue del de la homosexualidad, si no del closet del autoconocimiento. Esta experiencia, junto con todas las anteriores, me acercaron cada vez más a la puerta de éste clóset, salí cuando decidí qué busco, sabiendo quien soy yo, sin arrepentimiento ni remordimiento por todo lo que pasó dentro del clóset, y dispuesta a vivir para experimentar y no al revés. Dentro del clóset, llegué a pensar que una mujer era lo que yo buscaba, y en efecto lo era, me estaba buscando a mí. Encontrarme fue imposible en un hombre, incluso lo fue en una mujer, y en ella encontré el reflejo de partes de mí, esas partes que no había querido ver y tiro por viaje me ayudaron a sabotearme, las mismas que desde que decidí verlas son parte de mi fortaleza.

Siempre he considerado, y a la fecha estoy convencida de ello, que la preferencia sexual es una decisión de vida, no una condición, que la bisexualidad es el origen de la sexualidad humana, mas no una preferencia sexual y que cada quien toma dicha decisión una vez que cuenta con lo que necesita para hacerlo. A algunos nos toma años, otros lo saben desde el principio, y prefieren ni si quiera cuestionárselo. Yo me enamoro de una persona completa, no solo de su género, y a prendí, que el género es un componente importante de cómo esa persona es quien es.

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