“ S I G N O Y S I M B O L O ”

Ernesto Nuño Gutiérrez es alumno de la Universidad Gestalt y está estudiando la maestría en psicoterapia gestalt su correo es:

enuno@nab.mx

El signo es lo que hace presente al conocimiento algo distinto de lo que él es en sí. El signo manifiesta o hace conocer; y manifiesta o hace conocer algo distinto de sí, cuyo lugar ocupa, y con relación a lo cual desempeña una función ministerial y de lo cual depende como de su medida[1].

Antiguamente se distinguían el signo natural y el signo convencional, a los cuales corresponden respectivamente las nociones de signo propiamente dicho y símbolo. Todo signo está constituido como tal, por la relación típica de manifestación de otra cosa, en calidad de substituto o de vicario de ésta. Así, que el humo haga conocer al fuego antes que al agua, y la huella del buey al buey más bien que al hombre (signos), y el concepto del caballo al caballo antes que a la piedra (símbolo), está fundamentado sobre una proporción real e intrínseca de esos signos con sus significados. Podemos definir al símbolo como un signo-imagen: algo sensible que significa un objeto en razón de una relación presupuesta de analogía. La palabra es un símbolo por excelencia.

¿Qué es la palabra? ¿Qué ocurre cuando decimos que un vocablo o una proposición significan o intentan decir algo? Mediante el lenguaje pretendemos dar sentido y expresar aquello que sentimos y pensamos y hacerlo inteligible para nosotros mismos y para los demás. ¿Cómo se realza esta transmutación de unos sonidos articulados o de unos signos gráficos mediante la cual adquiere claridad el pensamiento y se hace posible dialogar consigo mismo y con los demás? ¿Qué es significar? ¿Qué es entender?

Mediante una asociación natural o arbitraria se establece un enlace entre dos cosas, de tal manera que en presencia de la primera nos sentimos proyectados hacia la segunda. De la misma manera el lenguaje establece un vínculo entre cada palabra o grupo de palabras y la cosa o cosas significadas por ellas.

Entre el signo y la significación hay una diferencia fundamental. El signo es, en verdad, un caso particular del fenómeno de la asociación de ideas. La significación no tiene esencialmente nada que ver con los fenómenos de la vida asociativa. La función del signo supone que la atención se dirige, en primer lugar, a él y sólo a partir de él a la cosa signada. El signo es anterior a la cosa y se mantiene claramente separado de ella. La mente, al topar con el signo, no lo penetra. Rebota y salta más allá. En el lenguaje ocurre todo lo contrario. Lo prmero que percibimos no es el cuerpo material de la palabra. Cuando hablamos, escribimos, leemos o seguimos el curso de una conversación no atendemos a las palabras por si mismas. La intención mental penetra en ellas, las impregna, las trasciende y a través de ellas se dirige directamente a la cosa significada.

Esto que da sentido a la palabra en todos sus usos, que aparece cuando el vocablo desaparece y desaparece cuando el vocablo se pone en primer término, ¿Qué es? Es el concepto.

Entre las múltiples características de la palabra con sentido –voluntad de expresión, voluntad de modificar el estado de espíritu del prójimo, etc.- hay una fundamental: la palabra siempre hace alusión a una realidad que se halla más allá de sí misma y a la cual aludimos a través de ella mediante lo que Husserl llama la “intención significativa”.

El vocablo no tiene sentido por sí mismo. Para que lo adquiera es preciso dárselo. La intensión significativa se infiltra en el cuerpo muerto de la palabra, lo orienta, le da vida y lo pone en vibración. Mediante ella, el mismo vocablo adquiere una significación precisa y univoca (por ejemplo, mediante la intensión significativa, la palabra manguera puede referirse a un ducto por el que circula el agua o a una mujer que vende mangos). La intensión significativa determina el sentido de la palabra y la convierte en una función dinámica de la vida espiritual. La significación es un acto de referencia, una aspiración, mediante la cual mencionamos y aludimos a realidades que no nos son presentes, dialogamos y discernimos acerca de ellas.

La ausencia de las realidades mentadas por la palabra separa y distingue la significación de los demás fenómenos de conciencia en los cuales nos referimos también a algo. En la percepción o en la representación, a través de aspectos sensoriales diversos, nos son dadas directamente “cosas”. Las cosas que nos son dadas en ellos nos son de alguna manera presentes. En el acto de pura mención, característico de la referencia verbal, los objetos a los cuales nos referimos no son presentes sino ausentes. Este es el fenómeno de la conciencia de ausencias a que se refiere la fenomenología[2].

En la práctica psicoterapéutica, tanto la intensión significativa como las simples relaciones simbólicas son de gran utilidad. Mediante la adecuada atención a la intensión significativa podemos establecer una adecuada comunicación empática y mediante las simples relaciones simbólicas, conocemos no solo lo que el otro expresa en semblantes y gestos, sino lo que oculta detrás. Acaso vemos que alguien pone un semblante triste, pero en verdad no está afligido. Mas aún, podemos oír que alguien hace una observación inoportuna y ver que se ruboriza por ello, entonces no solo entendemos la observación y vemos la vergüenza en el rubor, sino que conocemos que él reconoce su observación como inoportuna y que se avergüenza porque la ha hecho[3].

Como ya se deja ver en lo expuesto anteriormente, los símbolos son emisarios de realidades ausentes, en el humo no está el fuego, pero nos remite al fuego, en la huella del buey no está el buey pero nos remite al buey, sin embargo, existen signos naturales en la vivencia del hombre, que no nos remiten a realidades ausentes, sino a realidades presentes pero que no son visibles sino perceptibles en virtud de la aparición del signo, como puede ser el rubor como signo de la vergüenza o de la ira, la voz quebrada como signo de la aflicción, las lágrimas como signo del dolor. En estos casos, el rubor, la voz quebrada y las lágrimas tienen corporalidad y presencia para el observador, y lo hacen suponer la actualización o presencia simultánea de la vergüenza, la aflicción y el dolor que no tienen corporalidad pero que están presentes. Estos signos podríamos llamarlos signos vivenciales, ya que no corresponden a asociaciones de ideas sino a experiencias (vergüenza) que al tiempo de actualizarse producen paralelamente el signo (rubor). Tampoco se produce en estos signos una intensión significativa que los impregne, pues aparecen de manera involuntaria como reacción fisiológica aparejada necesariamente con la experiencia en determinado individuo. Estos signos nos permiten aproximarnos a la experiencia del otro que no es perceptible para el observador, pues no podemos conocer la actualización de su dolor si no es por la presencia de las lágrimas, no podemos conocer la actualización de la vergüenza sino por la presencia del rubor. Estos son signos que revelan lo que está experimentando un individuo, aún en contra de su voluntad de no revelar su experiencia. Son signos involuntarios.

En la psicoterapia, es de extraordinaria importancia práctica el hecho de que los símbolos sean correctamente comprendidos por el psicoterapeuta, ya que son el medio auxiliar con el que pueden eliminarse las disociaciones neuróticas al suministrar a la conciencia una actitud que se considera como sanadora[4].

Los signos tienen una función comunicativa intencional o no intencional tanto en la vida individual como en la vida social. El signo interesa a toda la extensión del conocimiento y de la vida humana; es un instrumento universal en el mundo humano, como el movimiento en el mundo físico.

BIBLIOGRAFIA:

  • Avila, Raul. La LENGUA y los hablantes. Ed. Trillas. Cuarta Edición. México, 2012.
  • Knapp Mark L. La Comunicación no verbal. Ed. Paidos. Primera Edición. México 1982.
  • González Navarro, Francisco. Lo Fáctico y lo Sígnico. Editorial Eunsa. Pamplona, España 1995.
  • Jung, Carl Gustav. Simbología del Espíritu. Fondo de Cultura Económica. México. 2011.
  • Maritain, Jacques. Cuatro Ensayos sobre el Espíritu en su Condición Carnal. Editorial Cclub de Lectores. Buenos Aires, Argentina. 1980.
  • Stein, Edith. Sobre el Problema de la Empatía. Editorial Trotta. Madrid, España. 2004.
  • Xirau, Joaquin. La Filosofía de Husserl. Ediciones Troquel. Buenos Aires, Argentina. 1966.

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[1] Maritain, Jacques. Cuatro Ensayos sobre el Espíritu en su Condición Carnal. Editorial Cclub de Lectores. Buenos Aires, Argentina. 1980.

[2] Xirau, Joaquin. La Filosofía de Husserl. Ediciones Troquel. Buenos Aires, Argentina. 1966.

[3] Stein, Edith. Sobre el Problema de la Empatía. Editorial Trotta. Madrid, España. 2004.

[4] Jung, Carl Gustav. Simbología del Espíritu. Fondo de Cultura Económica. México. 2011.

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