Riesgos Emocionales en la sesión terapéutica

Conferencia Magistral del 5º Congreso Internacional de Gestalt de la Universidad Gestalt
Por: Manuel Ramos

Buenas noches, en primer lugar no podría empezar sin agradecer públicamente la invitación por parte de la Universidad Gestalt, y sobre todo, no sería justo decir que yo no estaría aquí sin el apoyo de Héctor Salama. Para mí fue una persona que me descubrió muchas de las cosas que acabamos de escuchar y sobretodo muchas de las cosas que estaban en mi interior. En esta vida uno tiene la suerte de encontrar un espejo y resulta que lo que se ve es a sí mismo, pero gracias a que el espejo le devuelve con mucho brillo lo que tiene dentro. Gracias Héctor. Gracias Evelyn, ah, una cosa que no quiero dejar de decir es: sin ti Héctor, no existiría el Instituto de Terapia Gestalt de Valencia.

Gracias. Bien, voy a cambiar un poco el tono que afortunadamente el orador que me ha precedido ha conseguido alcanzar, quiero hablar de los riesgos emocionales en terapia, llevo aproximadamente 24 años trabajando en el mundo de la psicoterapia, yo no diría trabajando, es un privilegio poder compartir historias y caminos con las personas que vienen a consulta. Ahora debo reconocer que en cada conversación un poco de mi piel, un poco de mi vida se va con la persona que tiene la confianza en mí como para venir a terapia.

En primer lugar quiero hablarles fundamentalmente de los riesgos terapéuticos que tiene el terapeuta, evidentemente el paciente cuando viene a terapia viene, como diría Schottleander, portando una enfermedad que le hace ir, que le hace viajar a aquellas regiones espirituales donde es libre, pero con una condena, con un suplicio y es que no puede ejercer esa libertad y el concepto de enfermedad que Melton habla de una pérdida de responsabilidad social, que nos libera, no tenemos que ir a trabajar, podemos hacer una serie de cosas, pero paradójicamente nos esclaviza, tenemos que someternos a la voluntad o al poder de experto y esto es lo que nos vamos a encontrar en psicoterapia, esto es lo que nos vamos a encontrar los profesionales cuando abrimos la puerta y alguien viene a compartir su dolor, su problema, es extrañísimo, es más creo que sería motivo preocupante que alguien viniera a terapia a celebrar con una botella de champagne lo bien que le va la vida, probablemente sería un planteamiento, estaríamos cerca de una situación maniaca y si no, el terapeuta es casi seguro que tendría que ir a tomar algún tipo de medicación, es por esto que les voy a hablar de los riesgos que corremos acompañando, porque desde la terapia Gestalt acompañamos.

No podemos adoptar esa postura de técnicos que, desde la torre de marfil de la sabiduría, miramos al paciente y sabemos lo que le pasa. Miren, ¿saben? Code decía que cuanto más seguro estoy de lo que le pasa a un paciente es más seguro que me voy a equivocar, porque el paciente siempre tiene razón y no es ese slogan del cliente siempre tiene la razón. El paciente siempre tiene razón y nosotros necesitamos acompañarle desde el respeto, desde la honestidad, desde la responsabilidad. Fíjense que nos vamos a encontrar en un espacio donde no es habitual y este va a ser uno de los riesgos que, como terapeutas, corremos y en nuestro trabajo podemos construir o crear un mundo alternativo al paciente, nos vamos a encontrar con que el paciente puede querer disponer de un terapeuta, de alguien que le va a atender en esa región donde normalmente no se puede, cuando a alguien le preguntan, cuando a ustedes les preguntan ¿qué tal, cómo estás? Por favor no se les ocurra contar lo que les pasa, se van a quedar solos. Digan bien, solamente, porque si no, cuando empiezan a contar la persona que tienen al lado empieza a pensar, sólo le pregunté cómo estaba, por curiosidad, pero más que por curiosidad por urbanidad, en ese sentido, el terapeuta en cambio, va a estar ahí y va a estar con esa presencia, nosotros en terapia Gestalt hablamos del encuentro de la relación como fuente de cambio, de la relación donde el paciente va a poder proveerse, ese espejo que antes aludía, hablando del Dr. Salama, donde puedo encontrarme y verme a mí mismo sin que el espejo me juzgue, sin que el espejo me diga, salvo que, sea el de Blanca Nieves y de la Madrastra que se miraba en el espejo preguntando cómo era, el terapeuta no va a contestar y en ese sentido vamos a estar donde quiera estar el paciente y le vamos a acompañar y vamos a estar en el abismo y no le vamos a juzgar y no le vamos a decir en absoluto si está bien o está mal, porque de alguna manera este va a ser uno de los elementos que hace que el paciente vaya a terapia, que no se gusta como es y trata de algún modo de poder llegar a, como diría Beyser, no cambiar de ser como es, sino dejar de maltratarse por ello.

Nos vamos a encontrar con el gran dolor que padecemos la mayoría de los seres humanos, la soledad no deseada. Nos han enseñado y hace un minuto lo estábamos escuchando, que no somos nadie sin el otro y en ese sentido en la sesión, el paciente va a encontrar alguien que le acompaña y le acompaña de la forma más Gestáltica, puesto que estamos en este congreso, le acompaña con un estar con, con una simpatía que ni le invade, ni le invalida, ni le juzga y en ese sentido a mí me parece muy importante la aportación que hace la terapia Gestalt en cuanto a la metodología terapéutica, ese estar con el paciente respetándolo, respetándolo en la salud y en la neurosis, no entrando en ese triángulo que Karman hablaba, el triángulo diabólico desde la postura de salvador, que cuando un salvador interviene, necesita una víctima, ahora, como la víctima no le haga caso se va a enterar la víctima de lo que es un perseguidor. Y en ese sentido cuidado con aquellos terapeutas que en eso que se llama contratransferencia en el marco psicoanalítico y que aquí podríamos hablar de implicación emocional traten de reñir a los pacientes, como solemos decir en España, para reñirme, para reprenderme ya tengo a mi madre, no hace falta ir al terapeuta, mi madre lo hace gratis. Quiero que lo sepan.

Y la psicoterapia es una experiencia límite, la psicoterapia y nosotros los psicoterapeutas, estamos en cada una de las sesiones, es algo así como que los pacientes, uno va y el otro va y el otro va y van acabando las sesiones y se van y nosotros seguimos aquí en cada aquí y ahora, acompañando en presencia, al lado de cada dolor, al lado de cada padecimiento, al lado de cada licitación y eso nos toca, algo así como no podemos y si no ¿para qué hemos elegido esta profesión? No podemos permanecer indiferentes al dolor humano, no podemos en absoluto pretender que técnicamente vamos a estar ahí y cuando acabe la sesión el paciente nos ha contado una historia y en absoluto nos ha afectado, miren: el paciente que tenemos enfrente no es consciente de cuánto se parece a nosotros, el paciente que tenemos enfrente no es consciente que tenemos también nuestros dolores, yo recuerdo un día en una sesión de terapia que cuando entré el paciente estaba sentado, me debió ver con una cara de mal humor y me dijo ¿te pasa algo? Yo le dije sí, tengo este problema y entonces me dijo todo sorprendido, ah, ¿pero los terapeutas tenéis problemas? Y yo lo miré y entonces entendí la fantasía. Miren, trabajando de terapeuta se aprende tanto de uno mismo… cómo a uno le duele los dolores que le presentan, no estoy hablando de confluencia, no estoy hablando de que al paciente le duele la cabeza y yo me tomo el analgésico, no estoy hablando de corazón, estoy hablando de cuando el paciente habla de su soledad y resuena la mía, estoy hablando de que cuando el paciente habla de su dolor resuena el mío y yo le entiendo, no porque tengo su dolor, le entiendo porque tengo el mío. No le entiendo su emoción porque entro en confluencia con él, le entiendo porque tengo la mía y en esa simpatía entre su emoción y la mía es donde se construye la terapia y en ese punto creo que es importante el concepto de frontera, el concepto de seguir caminando al lado del paciente, al lado, yo una vez recibí un elogio de un paciente que me dijo: has sido mi Sherpa, el Sherpa es el nativo de Nepal que acompaña a aquellos que ascienden los 8,000 pies de la cordillera del Himalaya, me sentí halagado, porque de alguna manera esto es lo que para mí significa ser terapeuta, caminar al lado y fíjense, yo no tengo interés en ser como el Sherpa Tenzin que llegó primero a la cumbre del Everest, no, para mí está bien que llegue él en el último tramo, que suba sobre mis hombros, pero estar con él hasta ahí, pero para mí implementar ese acompañamiento, yo no voy a hacer su trabajo por él, ni puedo ni quiero afortunadamente, pero sobretodo es que no puedo y eso me permite también recobrar la humildad, en ningún momento voy a aconsejar al paciente, mi padre decía que es mejor un billete de 500 euros que un buen consejo, de verdad tenía razón. ¿Saben qué? Aristóteles decía: no den consejos, los necios no los van a entender y los sabios no los necesitan, en ese sentido creo que cuando un terapeuta invade, sin darse cuenta, de buena fe no lo dudo, el terreno con un consejo lo que está haciendo es proyectar su propia incapacidad, su propia imposibilidad de vivir la emoción que está experimentando ante la frustración del paciente, porque nosotros como buenos neuróticos, en España había unos comics que se llamaban del capitán Trueno, decían: Ven Capitán Trueno y haz que gane el bueno, y nosotros como neuróticos queremos lo mismo, que venga alguien y nos lo arregle, pero eso sin nosotros tener que intervenir desrresponsabilizándonos. Cuando un terapeuta movido emocionalmente se dedica más a aconsejar que a acompañar, lo primero que tiene que hacer, es ir a supervisión y, en todo caso. creo que además sería también muy interesante retomar su propia terapia, porque quiero que sepan que cuando alguien se dedica a arreglarle la vida a otro es aquello que en España tenemos como un refrán que dice, consejos vendo que para mí no tengo, y en mi modesta opinión creo que es peligroso.

El concepto de frontera de contacto, aquí entramos en un terreno que a mí me parece fundamental y es: el paciente hace algo y nosotros, que somos terapeutas y sabemos muchísimo decimos, pues es que el paciente ha hecho, en España normalmente por educación y más por urbanidad solemos decir tú y yo, se nombra siempre al otro primero y en un momento determinado alguien que no tenía mucha educación dice íbamos yo y este y alguien le corrige, hombre será este y yo y el otro dice ¿qué pasa que yo no iba? Bien, pues en ese sentido cuando nosotros entramos en ese terreno como terapeutas también estamos haciendo algo para que pase algo, porque el paciente cambia la relación, de acuerdo, pero la pregunta: cuando un paciente, y está escrito en algunos libros, tiene un brote psicótico, la pregunta es ¿y qué hacía el terapeuta mientras? Qué pasa ¿Qué, el terapeuta no estaba, o había venido a fiestas? Porque hay una cosa que es evidente, en esa frontera nosotros estamos contribuyendo y sí yo tengo una movilización, un impacto emocional con lo que me está contando el paciente yo voy a hacer algo y si no lo tengo también, es decir, si tanto me interesa el paciente que puedo contestar como contestaría Humprey Bogart en la película Casablanca, cuando Peter Lorry le dice Rick, tú me desprecias ¿verdad? Y él contesta, si pensara en ti, es posible, cuando un paciente te está contando algo en la frontera y tú no estás, es un monólogo, pero no sólo es un monólogo, es que además es un fomentar la soledad, un devaluar, un no estar ahí y esa presencia debe ser genuina, no vale la técnica.

Martin Buber hablaba de la relación yo tú, como una forma de estar y si el otro es un objeto de estudio deja de ser un yo-tú, para ser un yo-ello y ahí nos encontramos con que muchas veces los terapeutas vamos a tener “miedo”. Pero no un miedo a que el paciente nos haga algo, no. Un miedo a conectar con nuestro estado emocional. Y eso es un riesgo, porque si nosotros estamos con un paciente y no conectamos con nuestra emoción, es decir, estamos hablando desde el como si, hacemos como si hiciéramos terapia, pero terapia, no, la terapia se construye en esa frontera y ahí nos jugamos todos los lances terapéuticos.

Desde las intervenciones brillantes que no sé cuáles son, hasta las meteduras de pata de las que espero escribir algunos libros. No sé cuántos, porque creo que es importante, porque creo que es ahí donde podemos aprender, cuidado, porque muchas veces nos escudamos detrás de las técnicas y decimos, no, no, si yo soy el terapeuta, lo único que estaba haciendo es una intervención. La aplicación de una técnica. Tenga usted cuidado, pues qué técnica está aplicando, porque mire, aquí el paciente se encuentra un poquito perjudicado.

Si no hay emoción, es como jugar un partido, yo, que gracias a la psicoterapia personal he cambiado en algunas cosas, no diría he mejorado, no me atrevería nunca, recuerdo una vez estando en el colegio que, jugando al futbol, uno de mi equipo no corría, yo le metí una patada, había que ganar, si para ganar había que participar se participaba, pero lo importante era ganar y ahí creo que en las terapias es lo mismo, jamás se me ocurriría pegarle una patada a un paciente pero si yo estoy en una sesión de terapia en la que no me interesa lo que hay, no me voy a atrever a ir por caminos desconocidos. Entre comillas más o menos va a ser lo de siempre, ese lo de siempre con muchas comillas que no sabemos lo que es, pero que cuando le llamas a alguien por teléfono yo digo lo de siempre. En ese sentido, si no hay una pasión, una emoción que a mí me importe la persona que tengo enfrente, no hay terapia. Hay charla de café, hay aplicación de técnicas, hay en todo caso, aplicación de un manual, seguimiento de una metodología, vacía evidentemente, por qué una metodología, por qué un manual, unas técnicas si no tienen una persona con pasión, que ponga, por decirlo así, la carne en el asador, no hay terapia y ahí es donde nosotros podemos y el ajuste creativo cuadra de maravilla la idea de cómo yo me puedo ajustar a aquello que está pasando, pero me voy a ajustar a aquello que está pasando solamente si soy capaz de darme cuenta de lo que siento y que cuando abra la boca, cuando le proponga algo al paciente cuando yo responda, cuando yo acompañe al paciente puedo sentirme tocado. No puedo salir de la sesión como si no hubiera pasado nada, ahí no me he ganado el dinero y mucho menos la estima del paciente. Una vez un paciente me dijo, es que a mí no me atiende nadie, pero me lo dijo nomás con una sesión, le dije, lo estoy atendiendo yo y me di cuenta que me parecía importante que él lo notara,  me dijo, pero tú me atiendes porque te pago y entonces uno mira uno de esos mitos, Woody Allen y piensa cuando Woody Allen pensaba en Humprey Bogart y por propiedad transitiva uno piensa Humprey Bogart y le contesté lo que tú pagas es mi tiempo, mi atención no tiene precio. Quedó bien, al paciente le gustó, pero sobretodo reflejó mi estado de ánimo, es decir no hay dinero, no hay dinero que a mí me pague el dolor, que a mí me pague el vibrar emocional que supone estar a tu lado en la sesión, ese no hay dinero, miren, si son terapeutas por dinero, como diría y me enseñó el Dr. Salama, por favor háganse dentistas, es una profesión que recibe mucho aliento. Él me lo ha enseñado. Háganse dentistas, ganarán más dinero, en España ganan muchísimo dinero, en ese sentido lo que quiero decirles es: si están contribuyendo a un ajuste creativo en la relación con el paciente y no le ponen pasión, o es ajuste o es creativo, pero las dos cosas juntas ya les digo que no.

Cuando uno trabaja en terapia y llega alguien y le cuenta un drama, ¿qué hace? Yo personalmente me doy cuenta que cuando alguien me cuenta un drama yo, por mi sistema representacional visual, me suelo representar una película, es decir, alguien me cuenta algo de su casa y yo veo su casa. Alguien me cuenta qué es lo que le pasó en su trabajo y yo veo su trabajo, evidentemente no confundo que esta película no es lo que él me está contando, pero sí que creo que es importante que cuando estoy representándome esa película es lo que me permite a mí conectar con la emoción. Qué sentiría yo si estuviera allí, cómo sería mi vivir a esa persona y ahí es cuando puedo entenderlo. Pero lo puedo entender desde mis emociones, no desde las suyas. Lo puedo entender desde mi mundo no desde el suyo, mi mundo con su mundo es lo que construye la frontera de contacto de ese mundo y ahí es cuando yo como terapeuta me voy a sentir tocado, porque si un paciente me cuenta algo que yo tengo clarísimo cómo se podría resolver, como decía un amigo mío que su hijo tuvo un accidente, el médico le dijo: yo, si fuera mi hijo lo operaría y él le dijo al médico, yo si fuera su hijo, también. Esto es exactamente lo mismo, es decir si me están contando algo y siento que haría algo, lo puedo hacer, pero allí estaría cayendo en uno de los riesgos emocionales que me gustaría que tuvieran claro como terapeuta, porque entonces me voy a convertir, lo que como el clásico amigo o la clásica amiga que ha dejado al novio y la otra te dice, mira, sabes lo que tienes que hacer, búscate otro y esta persona dice, es que no quiero otro, quiero este, pero es que este no está, en ese sentido como terapeuta si yo trato de decirle, mira yo esto lo resolvería de esta manera, por favor, le estoy suplantando. Yo tengo una hija de once años, su padre es terapeuta, tenía un problema, yo le quise ayudar, agarré un rollo de cinta adhesiva y le dije, déjame y me dijo, papá si lo haces tú no aprendo yo. Y yo le dije pues para no haber estudiado Gestalt hay que ver cómo se entera esta. En esto lo que quiero decirles, que montones de veces el paciente nos tendría que decir eso como terapeutas, por favor, no me arregles, no me arregles, espérate, espérate, no me arregles y luego les pondré un poema que encontré y que me pareció brillante, por favor lo que quiero en esta relación, si el paciente como neurótico se atreviera a confrontar al terapeuta como neurótico, le podría decir, por favor, no me arregles, no me cures, ya casi, eso me arreglo yo, tú sólo estate ahí, pero claro ¿qué queremos hacer los terapeutas? ¿emocionalmente podemos soportar ver un dolor y no intervenir? Por favor, vamos a ver. Yo no sé ustedes, de verdad, pero dedicarse a una profesión de ayuda implica necesariamente, si bien es cierto que los paradigmas psicológicos y psicoterapéuticos fueron constituidos sobre las neurosis de los creadores y no voy a citar a Freud, ni algunos otros, de verdad, es evidente que la labor terapéutica de los terapeutas está construida sobre su neurosis, así que cuando un terapeuta se sienta tocado, sería muy interesante que antes de responder y resolver la neurosis de otro se mirara la suya y a veces, con un poquito de silencio, incluso el paciente, si le dejas y le acompañas, es decir, si no le interrumpes en el proceso de ajuste creativo y de elaboración de búsqueda del equilibrio, de búsqueda de la homeostasis se arregla.

Un profesor mío que se llama Héctor Salama decía que los pacientes mejoran a pesar de los terapeutas. Doy fe, en algunos casos hay gente que viene conmigo no se ha arreglado, para qué se los voy a decir, si las ganas de ayudar a alguien en una relación de ayuda, el que ayuda necesita una víctima y claro, un ayudador no va a tener una víctima y la víctima no va a cambiar y defraudar al ayudador, si no es por defraudar a nuestros padres que era de gratis, no vamos a defraudar ahora al terapeuta que es pagando, evidente ¿no?

Bien, yo encontré esta metáfora que o sé de quién es si no la citaría, es como un picnic, cada cual lleva su bolsita y buenas tardes, va sacando, llegan ahí a la sesión y uno pues nada, trajo frijoles, el otro tortillas, y ¿qué es lo que pasa? Bueno, pues vamos a ver qué comemos y en ese sentido lo primero que necesitamos hacer es respetar, valorar y conocer aquello que trae el paciente.

Creo que uno de los grandes problemas que podemos tener los terapeutas que tienen que ver con nuestro ego y nuestra incapacidad de soportar nuestra ignorancia, es la creencia que sabemos lo que nos traen, si ustedes acá sí manejan el concepto tupperware, hay veces que los terapeutas emocionalmente excitados, en nuestra creencia que estamos en posesión de la verdad, casi como que ya la tenemos, antes de que el paciente abra el tupper nosotros ya lo ponemos en el microondas y luego resulta que era comida fría, pero es igual, ahora ya la calentamos.

Bien, en ese sentido creo que es conveniente primero que nada poner el mantel, poner el tapete lo que Zinker diría, preparar el terreno para el experimento a partir de ahí, ver la comida que ha traído el paciente, ver cuánta hambre trae el paciente, por aquello de: yo, hambre y agresión, cuánta hambre tiene el terapeuta, porque a veces como terapeutas convendrá también ver cuánto nos emociona ver la historia del paciente, porque muchas ocasiones hay historias que nos vuelven locos de pasión y de energía y otros que cuando los escuchamos, vaya. Es importante que yo me pregunte, esta comida que ha traído el paciente es de mi gusto, o única y exclusivamente voy a tener que hacer como cuando uno va de visita a una casa y le hacen una comida que no resulta de su agrado y le preguntan, ¿qué tal está? y él contesta tiene un sabor especial. Porque no sabe qué decir ¿no? Pero yo voy a tener que saberlo y voy a tener que saber como terapeuta que es lo que pongo ahí, porque nosotros pertenecemos a un enfoque que es el de la terapia Gestalt, que no se crean que es que nos vamos de rosita, no, es que llega uno allí estudia al paciente lo arregla, lo embala, le aplica dos técnicas y a su casa, no ¿eh? Nosotros también llevamos picnic. Y no picnic única y exclusivamente, llevamos los tenedores. Que nosotros también llevamos nuestro tupper y luego puede que lo destape y no lo destupper, pero ese es otro problema, lo que es evidente es que nosotros ahí vamos a contribuir a que la terapia sea un festín, recuerden que Perls decía, vivimos como comemos, vean a ver lo que cada cual se come en terapia. Vean a ver qué es lo que ofrecen. Vean a ver si solamente van de visita, prueban el plato y se van o a vean ver si se quedan a fregar los platos con el paciente, porque ahí es donde está el riesgo emocional.

Cómo me quedo con el paciente, cómo comparto ese picnic de la terapia con el paciente y si soy capaz de permanecer en contacto sin deflectar o sin confluir. A mí siempre me ha interesado el tema de la implicación emocional en terapia. ¿Por qué? porque me he hecho una pregunta siempre, ¿quién cuida al cuidador? ¿Quién es aquel que cuando una persona ha estado, un terapeuta, ha estado tres, cuatro, cinco seis, siete horas de trabajo viendo pacientes quien luego le aguanta?, porque hay que aguantarnos también, pero mejor que nos aguanten fuera de la terapia. No sé si lo podrán soportar o no. Una vez a un colega mío, Patxy y a mí estábamos presentando un libro y una señora del público nos dijo, es que los terapeutas Gestalt sois encantadores, yo le dije, mire señora, por ahí está mi pareja, por favor, pregúntele, ya verá cómo no. ¿Por qué?, porque yo en terapia estoy con el paciente, pero no soy, entre comillas su amigo. Yo soy terapeuta y adopto un rol, pero adopto un rol genuino como diría Rogers y esto no lo podemos evitar, si me comporto como alguien de la calle, estoy cayendo en uno de los riesgos emocionales y si me comporto como alguien científico que mira algún conejillo de laboratorio también estoy cayendo en otro de los riesgos emocionales, en un caso por confluencia en el otro por deflexión.

Todos, cuando nos ponemos al sol hacemos sombra, todos, menos el hombre invisible que buscaba a la mujer transparente para hacer lo nunca visto. Pero en ese caso lo que quiero decir es que nosotros también tenemos nuestras riquezas y nuestras pobrezas y si los escondemos a nuestros pacientes, entonces el paciente lo va a notar y lo va a notar porque el paciente nos mira de una manera especial, nosotros somos especiales para los pacientes, la pregunta es, ¿son los pacientes especiales para nosotros o son uno más? Cada cual que conteste lo suyo y vea a ver cuánta emoción le pone al asunto.

Sheldon Call tiene un libro que a mí me encanta, que se llama Gurú, tiene otro que se llama “Si encuentras a Buda sácalo del camino” y todavía no he podido encontrar, no a Buda sino al libro, porque además está en inglés y no lo encuentro por ningún sitio. Bueno pues Sheldom Call dice: yo manifiesto a mis pacientes que soy como una malla de seguridad, es decir aquella terapia de contención, aquella terapia debe ser alguien que le dice: tú, arriésgate, pero no arriésgate como ese chiste que cuentan en España de un señor que cae por un precipicio y está agarrado de unas ramas y dice, ¿hay alguien ahí? Y se oye una voz que dice soy tu ángel de la guarda, déjate caer y una legión de arcángeles te recogerá por el aire, dice: gracias, ¿hay alguien más? Ese no es el terapeuta, el terapeuta ni lo dice debajo y el paciente lo ve y el paciente se puede arriesgar y puede arriesgarse a mostrar, a un paciente una vez yo le dije: me parece que estamos entrando en un terreno donde la terapia no está con mi ánimo neurótico, evidentemente de tratar de ayudar, no creo que estemos abordando temas profundos y este paciente que hasta ese momento no había llorado en terapia se puso a llorar y me dijo: no puedes llegar a saber qué importante es para mí poder hablar sin saber, sabiendo que nadie me va a criticar, sabiendo que nadie me va a juzgar. Yo le pedí disculpas por mi insensibilidad y continuamos, pero es exactamente esto. Es decir, verdaderamente soy capaz de transmitirle al paciente un arriésgate, no va a pasar nada más que tu dolor, yo aquí estoy a tu lado, vamos por él, yo no lo puedo, no te lo puedo quitar. Cómo te lo voy a quitar. Si no soy un analgésico. Ahora no me voy a asustar, montones de veces fuera de la consulta nuestros pacientes lo que se encuentran es, que ante un dolor suyo en su entorno se asustan y lo primero que le dicen: “no llores” los hombres no lloran –se me ha explotado el globo- te compraré otro, pero no quiero otro, quiero este, está explotado no puede ser, pues no llores, te compraré otro. Eso en terapia nosotros lo podemos hacer, pero eso no es terapia, eso es engañar, engañarnos como terapeutas, porque estamos respondiendo desde lo que en otros enfoques se llamaría contratransferencia, a mí me gusta llamarlo implicación emocional y en ese sentido digamos que el dolor que sentimos al ver el dolor del paciente nos arrastra y si nos arrastra, perdemos nuestra condición de terapeutas, nos puede doler y como dice Call, lo que nosotros vamos a hacer, lo que nosotros necesitamos hacer es estar ahí y que el paciente sepa que puede caer las veces que quiera, ahí estará el terapeuta. Un paciente mío me dio un elogio que fue: me encanta tu capacidad para encajar, me sentí elogiado, porque eso significaba que él podría hablar de lo que quisiera sin que mi cuerpo, sin que mis comentarios le reflejaran un juicio, le reflejaran una crítica, pero ahí entra el riesgo que diría Call y yo cada vez que ya no me sirve una técnica, cada vez que llego al límite y todo lo que he aprendido en mis cursos de formación, en las lecturas de mis libros, en mis terapias anteriores, en mi supervisión, en mis consultas a mis maestros no me sirve, porque lo único que me sirve aquí es estar yo aquí y ahora. En ese sentido no hay, no hay posibilidad, o estás o no estás y el paciente lo nota y en todo caso hay momentos, hay determinados momentos donde el paciente vea tal vez tan asustado al terapeuta, casi que se tiene que hacer cargo de la sesión. Yo personalmente considero que en ese sentido habría que pagar la sesión a medias ¿no? Pero bueno, pero en esa pregunta de quién está tendiendo la red a mí y a mí como en una película antigua que había en España del humor un comediante decía ¿y los de mi pueblo cuándo pasan? Y a mí como terapeuta ¿quién me tiende la red? Y cuando acaba el día y yo salgo y estoy tocado ¿qué hago? En ese sentido creo que es importante que los terapeutas tomemos conciencia de los riesgos emocionales que corremos en terapia, de los riesgos emocionales que en última instancia tendremos que atender de una manera o de otra, porque cuando el paciente está trabajando sobre sus emociones, nosotros estamos con él, podemos sentir, pero no nos podemos dejar llevar por esa emoción, porque el paciente no nos está pidiendo eso, el paciente nos está pidiendo estate ahí y esto, esta es nuestra labor, este es el riesgo que corremos, de acuerdo, como nos han enseñado en psicoterapia, podemos poner entre paréntesis, pero luego tendremos que abordarlo, podemos archivar provisionalmente, pero habrá que vaciar el archivo de cuando en cuando, porque si no se bloquea.

Yo soy psicoterapeuta porque hay un paciente y hay un paciente porque hay un psicoterapeuta, o sea que estamos con, porque si no sería un poco, un verdugo no tiene sentido si no hay nadie a quien le corte la cabeza, pero alguien que le corten la cabeza va a estar difícil si no hay un verdugo, en este sentido creo que hay una visión sistémica y en ese sentido, Macall habla de esto, yo soy terapeuta con el paciente, yo vibro con el paciente, en ese aspecto, en esa historia, creo que el concepto de simpatía en lugar de la apatía psicoanalítica, en lugar de la empatía Rogeriana, el concepto de simpatía gestáltico, vibrar con el otro, co-construir sin depender, que bastantes dependencias tiene el paciente fuera, como para que nosotros creemos dentro de la terapia y en ese sentido creo que hay un aspecto diferencial claro, desde la Gestalt nosotros somos con el paciente, si la gente supiera cómo somos los terapeutas… la pregunta sería, ¿hay alguien más? Lo de la santidad del terapeuta a mí todavía se me han acabado las pilas para la coronita, la pregunta es, yo como terapeuta cómo estoy con el paciente, evito las emociones, evito las suyas, o más bien le digo, vamos allá que estoy contigo. No te aseguro que te ayude mucho, pero tampoco te aseguro que te perjudicaré mucho, con lo cual entonces ahí vamos ¿no? En esa especie como de acuerdo. Yo voy a estar acompañándote, tu tirándote para adelante y si quieres parar nos paramos y si quieres seguir nos seguimos, cuando te quedes parado te preguntaré, te quieres parar, sólo para contribuir a tu darte cuenta y si quieres dar la vuelta, yo te diré ¿quieres dar la vuelta? Y si me dices sí, yo te dejaré pasar. Y no te reñiré y ni siquiera te diré que según la teoría tal convendría que hicieras esto.

Hay un libro que se llama el humor y el bienestar en las intervenciones clínicas, la persona que lo ha escrito habla de cuando un paciente se insulta, esto que antes hemos visto y que los neuróticos hacemos tan bien, la autoagresión, dice, soy un estúpido, no sirvo para nada, este terapeuta lo primero que le pide es, por favor en mi presencia haga usted el favor de no agredirse, creo que esta forma, es decir, yo no le voy a agredir y si usted se agrede yo se lo reflejaré única y exclusivamente para que usted se dé cuenta, si a usted le gusta agredirse yo cómo le voy a quitar ese gusto.

Esto es como cuando a mí alguna vez la gente me recordó, tú vas a terapia por lo poco que se nota ¿no? Digo sí y que con 55 años y una neurosis trabajada como la tengo yo no sería mucha ventaja para el terapeuta dejarla ahora, mejor conservarla ¿no? A Oteissa, un escultor vasco de 90 años le hicieron un homenaje y él dijo: no pretenderán ustedes que ensucie mi currículum de fracasado con un éxito a estas alturas, creo que el paciente tiene derecho a seguir siendo neurótico y el terapeuta no tiene por qué salvarlo y si el terapeuta quiere salvarlo que vaya el terapeuta a terapia. Y que se la pague él, no que se la cobre al paciente.

Bien, es cierto, yo, como diría Winnicot agradezco a aquellos que me pagaron por enseñarme, ahora creo que todo tiene un límite, la pregunta es, acepto al paciente o lo miro diciendo ya está. En ese sentido es, acepto al paciente o ya de salida le digo al paciente cómo tiene que comportarse para que la cosa vaya bien, es decir, usted tiene perro de arriba, pues bueno tengo un vecino que tiene perro, vive arriba, pero no es mío. A veces queremos que el paciente hable gestaltés, que tenga claro cuáles son los asuntos inconclusos, sus expectativas catastróficas y yo a veces suelo decir que, claro que si yo supiera todo esto pues no iría a terapia, sería autoterapia como diría Horney y me saldría muchísimo más barato y en ese sentido estaría mejor, pero yo me puedo acercar al paciente, es decir, me atrevo sólo a acercarme o ya voy diciendo cómo se tiene que colocar para que yo me acerque, esto es importante también, porque si le digo al paciente lo que debe de hacer… yo a terapia, mis riesgos emocionales están pasando de ser de riesgo a ser una catástrofe visible. El gran problema que tenemos los terapeutas cuando estamos en terapia y nos embarga la emoción es que montones de veces miramos al cielo y hacia un lado donde tenemos las obras completas de Freud, donde están los libros de Perls, decimos, por favor Perls una técnica, algo, porque no me atrevo a decirle al paciente, no se lo va usted a creer. No tengo ni idea, a mí me ha pasado varias veces, tiene un efecto paradójico ¿eh?

Estaba con un grupo trabajando con una persona y en un momento determinado me di cuenta que no sabía por dónde seguir, se dan casos y en mi caso bastante frecuente y le dije al paciente, no te lo vas a creer o si, pero no tengo idea de por dónde seguir, vamos a ver si a alguien del grupo se le ocurre algo y tiramos para adelante y podemos resolver, entonces los del grupo empezaron a preguntarme y la cosa se volvió a movilizar y tiro para delante, ¿saben qué me dijeron las gentes del grupo? Qué buena técnica has utilizado para movilizar al grupo. Que no era una técnica: era ignorancia.

Bien, en ese sentido si yo con mis conocimientos no puedo entenderlo tendré que hacer caso a mi corazón, pero si le hago caso a mi corazón y mi corazón está embargado emocionalmente, cuidado: hay un riesgo, o confluencia o deflexión. Se trataría de vivir con el paciente y no de conceptualizarlo. Una vez tuve una paciente que se sentó y me dijo, doctor tengo un toc, en ese momento les aseguro, de verdad que no lo hice por hacer gracia, pero no entendía lo que quería decir toc, le dije mujer no sé lo que es un toc, si me dijeras que tienes un tic, me dijo ay doctor que divertido es usted, le dije, vale gracias. Y entonces, agarró el bolso y me alargó 150 hojas que había sacado de internet para explicarme lo que era un Trastorno obsesivo compulsivo, mínimo un obsesivo compulsivo te lleva 150 hojas en el bolso por si alguien le pregunta ¿qué le pasa? TOC, esto. Bien la cuestión es vivirlo realmente y no tratar en absoluto de acercarnos y decir, no aquí lo que pasa es… no, miren, Truman decía: el que no quiera oler a comida que no trabaje en la cocina. Permítanme una reflexión, ni siquiera un consejo, el que no quiera oler a neurosis que no trabaje de terapeuta. Porque se nota ¿eh?

Yo no sé si ustedes han tenido un amigo o han tenido una amiga que tenga una pescadería, ya se puede duchar, huele. En la neurosis no hay jabón que quite el olor, lo aviso también, o sea que nos abandona el desodorante. Yo necesito y ahí es donde vuelve a aparecer otro riesgo, ser capaz de vibrar con el paciente. Yo no estoy hablando de entrar en la confluencia, pero les puedo decir que en algunos momentos he sido auténtico sólo compartiendo la historia, la experiencia que estaba el paciente proporcionándome y en ese sentido yo me arriesgo, lo haré mejor o lo haré peor, lo único que le digo al paciente: es yo me la voy a jugar contigo, ¿vamos? Vamos y esto es lo que me parece importante transmitirles en esta conferencia, no quisiera alargarme mucho más, pero si quisiera leerles esto y lo voy a leer desde aquí.

Cuando te pido que me escuches y tú me empiezas a dar consejos no estás haciendo lo que te pido.

Cuando te pido que me escuches y tú me dices por qué no debo sentirme así estas hiriendo mis sentimientos.

Cuando te pido que me escuches y tú imaginas que has de hacer algo para resolver el problema, me has defraudado por extraño que parezca. Tal vez por eso la oración es un consuelo para muchos, porque Dios es mudo, y no da consejos ni trata de arreglar las cosas Él sólo escucha y confía en que tú lo resuelvas solo. Con que haz el favor, sólo escucha, oye y si quieres hablar espera turno unos minutos y yo te prometo que te escucharé.

Esto es, no es mío ¿eh? Gracias. Yo soy un gran admirador de Bioy Casares y él tiene un libro que se llama de jardín ajeno escrito únicamente con frases que ha oído o que ha visto pintadas por ahí, bueno, en este sentido esto he decidido olvidármelo, pero como sabía ya que me iba a pasar esto, tengo aquí anotado, si me lo permiten, Leo Buscaglia, no me han hecho buscarlo, Leo Buscaglia en su libro Amándonos los unos a los otros es un libro que compré por equivocación, confundí a Leo Buscaglia con Cesare Buscati y resultó que el libro me demostró que la mejor forma de acertar es equivocarse.

Quiero acabar con esta frase de Igor Carusso ojalá les haya podido transmitir esto que “El instrumento básico de la profesión de médico de almas es precisamente la propia alma del médico.” Gracias.

Comentarios

comentarios

Deja un comentario