Niños con piel de hombre

Niños con Piel de Hombre
Por: Fernando Chanez
(Publicado el 4 de febrero del 2003)

Me pregunto si Leonardo sentía amor por sí mismo.

El Renacimiento fue un argumento corporativo, significó el clima organizacional de su época, como si en  la obsesión por recuperar al individuo sólo hubiera conseguido entramparse a sí mismo jugando a endiosar quizá ingenua, quizá cínicamente a una mínima fracción del ser humano: la perfección  a partir de lo aparente. El creador se dejó seducir por el volumen de los músculos, la textura de la piel, las palabras decorativas y los sensuales pliegues de las telas y los alcances de su profundización fueron obviados y resumidos, por ejemplo, en el uso constante de la perspectiva, pero sólo hasta ahí, sólo la gala del dominio técnico, las metáforas seguían siendo  tan institucionales como en las míticas culturas grecolatinas en las que se inspiraron. Así se difundieron razones  idealizadas para hacer las cosas, mismas que nunca correspondieron a la verdad esquizofrénica de la naturaleza humana.

Si se puede decir de manera muy elemental que el Renacimiento, con su supuesta vena helenista es la génesis hipotética de la confusión del espíritu del individuo contemporáneo, la modernidad parece haberse convertido en la justificación intelectual de tal confusión.

La modernidad propició las bases de un discurso unificador sobre un corpus de elementos homogeneizadores, como la política, la historicidad, el nacionalismo, la industria cultural, la cultura urbana en oposición a la cultura tradicional y el progreso tecnócrata, de tal manera que el individuo escuchó que su valía social estaba fundamentada en el desempeño productivo y aceptó sentirse orgulloso justificando su existencia a partir de su colaboración en la creación, promoción y establecimiento del progreso y se entendió que:

“La modernidad consiste en la ruptura con esa fundamentación trascendente y la
reivindicación de la realidad social como un orden determinado por los hombres.”
(1)

La razón, lejos de ofrecer los argumentos para el cambio evolutivo, restringió al espíritu a una serie de principios civilizadores, y disolvió el desarrollo de nuevas formas inesperadas de ver y hacer las cosas, la civilización se convirtió en un inhibidor de la creatividad ya que  nada vale la pena de hacer o de pensar si no está sometido al riguroso esquema científico de la razón,  por lo que el individuo, en su infinita ingenuidad o pereza, no sólo aprendió a vivir incompleto sino que incluso trató de ser feliz, la felicidad implicaba estatus, la felicidad encarnó el último bien por obtener y por tanto la consecuencia lógica de una modernidad bien temperada.

La felicidad y otras ideas se convirtieron en objetos suntuarios, en palabras obligadas en el discurso liberal tecnocrático, en el manifiesto futurista o en los desdentados poemas de los románticos.

Resulta irónico que en la modernidad precisamente es donde el sentido de la razón parece negarse a sí mismo, en el momento en que nos hicimos conscientes de ella nos abandonó, o al menos se escondió hábilmente entre las ilustraciones de la encyclopædia que parecían esquematizar un discurso de hegemonía cultural a través del sentido del avance tecnológico.

Quizá fue en la modernidad donde quisimos creer que el desarrollo de la técnica era la mejor forma de autoconvencernos de nuestra capacidad intelectual y por lo tanto de que como género éramos mejores, una actitud clásica romántica, bien intencionada quizá pero en el fondo insegura y sin convicción, inclusive al mismo tiempo que racionalizada, las curvas esquinadas de los engranes nos parecieron sensuales y las encajamos metafóricamente en nuestro cerebro, por eso una forma frecuente de representar a las ideas era dibujando un engranaje en un cráneo lateral, abierto, esta fue la manera más sincera que conocimos para abrirnos, satisfaciendo la necesidad infantil de mostrar nuestra posesión más preciada, el cerebro como una maquinaria afinadísima, imparable, generadora de ideas y procesos que diferenciaban de los demás seres de la creación haciéndonos libres, entonces nos dejamos seducir por la mercadotecnia incipiente de la superioridad. Representadas en la estética de las loas y las arias al género que se descubría como sumo hacedor de su destino comandante de la Gloria, desarrollamos el mito de la evolución. Diderot no supo lo que hizo.

“?Sin mundo sagrado, natural y divino, creado y transparente a la razón, el sujeto humanizado descendió de los cielos y deambula entre los objetos manipulados por las técnicas, separado de ellos?”(2)

Referencias Bibliográficas:

1. LECHNER, Norbert, “Un desencanto llamado postmodernidad”, en Punto de Vista, Nº 33, sept-dic/1988, p.26.

2. TOURAINE, Alain, “Crítica de la modernidad”, FCE, 1994

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