El olvido: En un suspiro 2ª parte.

El olvido: En un suspiro 2ª parte.

Por: Psic. Giuseppe Olav Ortiz García.

Coordinador del Área de Humanidades de la Universidad Gestalt.

Cien, mil millones de años Tierra en el tiempo cósmico son apenas un suspiro. Algunas de las luces solares que vemos en el firmamento nocturno, son fantasmas de una estrella que ha dejado de existir hace muchísimo tiempo, así,  en la realidad de su espacio-temporalidad han dejado de emitir su fulgor incandescente, explotando en todas direcciones, expandiendo su luminosidad hasta desintegrarse.

El vació aparente que deja a su paso explosión de tal magnitud, es fértil por que nutre nueva vida. En esa explosión, fueron creados mil y un soles más, brotaron las plantas y las tierras en la distancia, quizás en esa expansión, la sonrisa de un ser sintiente se manifestó temprano.

¿A que me refiero? Cuando el cadáver de alguna especie se reintegra a la tierra, sus componentes nutren a su entorno creando nueva vida. Cuando el sembrador siembra la semilla, ya puede ir viendo el brote hecho mazorca, la misma desgranada con agua y cal hecha nixtamal, vuelta tortilla convertido en bolo alimenticio, el crecimiento de sus seres queridos expandiéndose, y uno de aquellos granos de maíz tan azul, vuelto mazorca con cuatrocientos mas de ellos, cuando al próximo ciclo, se vuelque a la tierra y brote de nuevo.

Cuando una estrella explota, la radiación que emiten todos sus componentes, en su expansión influyen a la vida para que se materialice en donde le agarre el tiempo, en donde le toque lugar. Dicen que somos polvo de estrellas hechos materia.

Pero de esta realidad nos olvidamos. También sería sugerente olvidarnos incluso de nosotros mismos, pues esto ayuda en el proceso de desintegrar esa identidad petrificada que ya no contempla nuevas formas. Olvidarnos en el misterio es aprender a confiar en la incertidumbre que caracteriza la existencia.

A veces cuando estamos por hacer un viaje decimos: que no se me olvide nada. No queremos dejar espacio a la incertidumbre de que nos asombre, en nuestra necesidad de control y aparente seguridad, cargamos, como diría un amigo, hasta con el perico; sin embargo, como quien dice, si quieres ver reír a Dios, cuéntale tus planes.

Cargar hasta con lo que no, vuelve pesadas nuestras maletas, y limita nuestra capacidad de movimiento y fluidez. Ya no buscamos adaptarnos a las circunstancias, sino adaptar a las circunstancias a nuestras necesidades. Entonces, la carga se vuelve pesadísima.

Llegar con maletas llenas, de memorias, de recuerdos, de emociones, a la estación “final” de la vida como la conocemos cotidianamente, puede costarnos la libertad que se desdobla cuando al filo de este umbral, el alma se expande en todas direcciones, reintegrándose al flujo que siempre esta en movimiento vibrante.

Por eso es aconsejable curarse en salud. Ir soltando a crédito o de contado, las amarras que nos atan a una realidad pasajera. Ir dejando, desgranando, la memoria sobre nosotros mismos, para que cuando la identidad se desintegre, en realidad así ocurra, y no irla cargando hasta regiones en donde ya nada de eso importa.

En este planeta se cuentan tantas historias como estrellas en el firmamento podemos contemplar (con las reservas pertinentes). Todas ellas han generado tal cantidad de recuerdos que se guardan en la memoria de las mujeres, de los hombres, y algunas de ellas se cuentan entre generaciones como estelas de luz dejadas para alumbrar el camino de los seres que transitan por esta tierra.

Sin embargo, el camino es de paso y, como diría el poeta prehispánico, no para siempre en la tierra, solo un poco aquí. Porque aunque sea de jade se rompe, y aunque sea plumaje de quetzal se desgarra, todo, absolutamente todo, tiene por destino la disolución de su forma y la trasmutación en su esencia.

Del lugar de los descarnados venimos ofrendando nuestra presencia en ese paraíso, a encarnar una leyenda en la tierra para después de caminar por sus veredas floridas, regresar al lugar de donde venimos, que es hogar de todos, diría el Gita, “Invisibles son todos los seres antes de su nacimiento, e invisibles volverán a ser después de su muerte…”

Termino esta parte con una historia que me fascina, y que leí de un libro del cual no recuerdo la pagina, pero que dice así: “Pensemos en una hoja que se desprende de la rama de un árbol: Si la hoja no tiene su condición de hoja, sino una representación que la diferencia del árbol, a la llegada del otoño sentirá temor, temerá secarse, desprenderse y finalmente podrirse en la tierra. Pero si ella captase que ella es en si misma, el árbol en cuanto hoja y que la vida y la muerte de las hojas forman parte de la naturaleza del árbol, tendrá otra visión de la vida.”

(Continuará…)

Giuseppe Olav Ortiz García  es coordinador del área de humanidades de Universidad Gestalt (http://www.gestalt.mx) su correo es gortiz@gestalt.mx

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Bibliografía: Graf Dürckheim, Karlfried, El Hombre Y Su Doble Origen, Cuatro vientos. 1982.

Ilustración: Ilustración: Alexandra Khitrova, A.K.A. Gaudi Buendia: Aurora Polaris.

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