El despertar psicológico de la mujer y la educación en México (2/3)

Por:  Lic. Gabirela Perdomo, Lic. Adriana Hernández, Lic. Mariana Leis, Lic. Viviana Ancona, Lic. Ingrid Haiquel
Publicado el 12/04/10 a 19:21:19 GMT-06:00

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En las culturas precolombinas, la educación tuvo un acentuado carácter tradicionalista y  su ideal educativo consistía en perpetuar los usos y costumbres. Esto era válido para todo el pueblo y particularmente para los bajos estratos sociales, ya que en las altas capas nos encontramos con un propósito educativo que tendía a afirmar la división de clases, dando una cierta educación planificada a los descendientes de los guerreros y sacerdotes para que pudieran reemplazarlos cuando se presentara la oportunidad.

Se tienen conocimiento de internados entre los pueblos Mayas. Estos internados exigían que el alumno llevara una vida sobria, tratando de que se bastara así mismo en todas sus necesidades. Había un internado para hombres y otro para mujeres, estando al frente de cada uno, personas de probada calidad ética; estos centros se usaban para adiestrar a la juventud, particularmente noble, para el cumplimiento de sus futuros deberes.

El descanso y cama que estos jóvenes tenían eran de carrizos, cortados y tejidos por sus propias manos. Estos centros desaparecieron inmediatamente después de la conquista, como tantas otras instituciones y costumbres, por lo que la educación de los indígenas pasó  a ser preocupación de los padres de familia. Cada padre de familia procuraba educar y perfeccionar a su hijo en todo aquello que le parecía justo y digno del empleo y orden racional. El padre transmitía a su hijo varón las habilidades y destrezas del trabajo y la guerra. La madre transmitía a su hija mujer el espíritu doméstico, en el que se cultivaban virtudes de honestidad, recato y sumisión al varón. Era la madre la encargada de transmitir normas éticas dentro del seno familiar.

La juventud era objeto de muchos cuidados, para evitar que las malas compañías la inclinaran por el mal camino.

3.3.2 Educación de la Mujer durante el Virreinato:

La educación de las niñas, dentro de las nuevas ideas importadas con los españoles, se inicia en Oaxaca a la llegada de los primeros frailes dominicos. Los anteriores clérigos, sólo se habían ocupado de la predicación superficial a los caciques, cuando se tenía algún contacto militar o pacífico con ellos. A la llegada de los dominicos, se empezó a dar a los indios una instrucción religiosa más profunda, aplicando un sistema audiovisual a base de cuadros que los propios frailes habían desarrollado. Estas enseñanzas iban dirigidas a todos los indígenas, hombres, mujeres, niños y niñas. Así, la sociedad indígena se iba constituyendo según los lineamientos de la vida católica. Un ejemplo de estos cambios, y que eran producto de la educación de los frailes a las niñas es la vida de Doña Cecilia de Velazco, última descendiente directa de los caciques de Nochixtlán, de la que se dice que sus cualidades físicas y morales, su belleza y discreción la hacían digna de un trono y sus tesoros correspondían  a la nobleza de sus antepasados.

No aceptó casarse con un español, y se unió en matrimonio con un cacique indígena, haciéndose notable por sus grandes caridades. Al no tener sucesores, dejó sus bienes al convento que se estaba edificando en el pueblo de Nochixtlán.
Fuera de aquellas primeras enseñanzas de los frailes y las que más tarde aparecieron en las parroquias que quedaron a cargo de los párrocos, no hay noticias concretas sobre la educación de las niñas en la primera mitad del siglo XVI.

Pero en la segunda mitad del mismo siglo, surgen unas instituciones femeninas que se ocupan de ellas: los conventos de monjas. La ciudad de Antequera, Oaxaca, tuvo su primer convento femenino desde 1576 y fue fundado con jóvenes de la misma ciudad, pues las franciscanas que habían ido desde la ciudad de México, no quisieron abrazar las reglas de Santo Domingo y regresaron a la Capital. Las primeras monjas en profesar el 20 de octubre de 1577, llevaron los nombres de: Mariana de San Bernardo, Bernardina de Santo Domingo, Catarina de Sena, Francisca de San Agustín, Francisca de la Concepción, Juana de Santa Catarina, Mariana de San Gabriel, Leonor de los Ángeles y Lucía del Espíritu Santo. El convento se desarrolló tanto, que medio siglo después de fundado, ya tenía 80 monjas moradoras.

En 1592, se fundó en la ciudad de Antequera, Oaxaca, un convento de monjas concepcionistas, con el nombre de Regina Coeli, en recuerdo del mismo en la ciudad de México.

El papel que estos conventos de monjas tienen en la educación de las niñas durante el período virreinal, es muy importante, pues aunque su fin era la vida contemplativa, el hecho de no existir aún monjas de vida activa (maestras, enfermeras, etc.) y la falta de instituciones escolares, las hizo recibir en los claustros a las llamadas “niñas educandas”.

La educación de las niñas en los conventos de monjas se llevó a cabo durante la época colonial, pese a que en varias ocasiones los prelados trataron de evitarlo por los quebrantos a la clausura y relación con el siglo que esto ocasionaba, en detrimento de la austeridad monacal. En algunos conventos de otras ciudades, las niñas fueron sacadas de los monasterios, pero no en Antequera, en donde continuaban ya comenzando el siglo XIX. Ejemplo de ello fueron las niñas: Valeria Cañas y Eusebia del Valle. La educación en los conventos fue en corta escala, pero es importante porque no hubo en todo el siglo XVI e incluso en la primera mitad del XVII otra institución dedicada a la educación de las niñas.

Más tarde, las instituciones dedicadas a la formación integral de la mujer, fueron en primer lugar internados, en los cuales se recibían sólo a niñas y doncellas. La educación comprendía dos aspectos: la formación religiosa y moral, y la preparación de las mujeres para el fin que se deseaba alcanzar en aquellos tiempos. Aprenden por tanto la doctrina, el dogma católico y una forma de vida de tipo conventual de gran austeridad que les permitirá después vivir en perfecta adecuación con las costumbres españolas de entonces. Por esto, el colegio tenía altas bardas, pues las niñas no debían estar en contacto alguno con el mundo. La comunicación con él se hacía mediante los tornos y a través de las rejas.

Las aulas donde estudiaban se llamaban salas de labor. Allí aprendían a leer, a escribir, las cuatro reglas fundamentales de aritmética, a coser, a bordar y a hacer infinidad de labores a mano, que después al casarse se convertirían en las innumerables artes menores que engalanaban los hogares de antaño. La cocina y repostería fueron también parte de la preparación de aquellas doncellas que trasmitieron a través de los hogares o conventos, a donde ingresaban, esa expresión de la cultura que es el arte culinario. Las maestras fueron siempre mujeres casadas, viudas o solteras, nunca monjas.

Mientras Juárez fue gobernador de Oaxaca, la vida en el colegio continúo tranquila. Sin embargo, pocos años después, problemas político-económico-religiosos hicieron surgir las Leyes de Reforma y con ellas la Ley de desamortización de bienes. Esta ley privó al colegio de sus bienes, a pesar de ser una institución de laicos y para laicos.

Pero, más tarde, otro oaxaqueño, el general Porfirio Díaz, volvió a dedicar el edificio a la educación de las jóvenes, poniéndolo a cargo del estado. El edificio dejó de ser albergue del Colegio de Niñas y se convirtió simplemente en escuela oficial bajo el título de Academia de Niñas.  (Muriel)

3.4 El Nacimiento del Problema:

El sexismo, en las instituciones educativas, tomó un giro particular a raíz del debate sobre el laicismo en la segunda mitad del siglo XIX. El sexismo no sólo se manifestó en reglamentos y disposiciones, sino que se afirmó como necesidad. Al atribuir a cada sexo un cometido social prescrito, se explicitaron dos modelos educativos diferenciados. El pleito pedagógico positivista era álgido sobre los métodos de enseñanza para varones, mientras que para las mujeres se discutía si debían o no recibir instrucción. Si el fin de la educación era formar individuos autónomos, ¿para qué discutir sobre personas que debían ser dependientes? Esto justificó el cierre de las puertas de las aulas a las mujeres.

Había 3 proyectos educativos, uno para los jóvenes de élites económicas y políticas, otro para los jóvenes de clase media baja y el último para las mujeres, que era continuación de la educación anterior en las escuelas de monjas, y consistía en añadir el aprendizaje de tareas domésticas y catecismo.

3.4.1 Siglo XIX.  Arranque de un Proceso:

La integración de las mujeres al estudio y ejercicio de las carreras liberales en México no fue tarea fácil. Como en otras partes del mundo, este proceso implicó largo tiempo y, sobre todo, el pujante esfuerzo de una minoría para enfrentar la serie de prejuicios que durante siglos impidieron el avance intelectual y profesional de este sexo. En nuestro país, fue hasta bien avanzado este siglo, cuando las mexicanas irrumpieron de manera significativa en las aulas universitarias. Sin embargo, los antecedentes de esta especie de conquista de las profesiones “masculinas” se remontan a las postrimerías del XIX, cuando un reducido grupo de mujeres, “contra viento y marea” logró abrirse paso en las escuelas superiores de aquella época. Con ello, no sólo dieron la primera batalla contra quienes temían que su entrada al mundo cultural y laboral masculino rompiera el “equilibrio” existente, sino que su ejemplo contribuyó a abrir la brecha por la que habrían de transitar las nuevas generaciones. Tales fueron los casos de Matilde Montoya, Columba Rivera, Guadalupe Sánchez, Soledad Régules, Ma. Asunción Sandoval de Zarco y Dolores Rubio Ávila, cuyas difíciles trayectorias académicas representan un hito en las historia cultural del país.

El retraso con que se inició y desarrolló dicho proceso, no se debió a circunstancias casuales o aisladas; fue consecuencia directa de la concepción socio-cultural vigente que, bajo reglas más implícitas que explícitas, impidió el acceso de las mujeres a la educación superior formal. Un ejemplo representativo de esta corriente de pensamiento es JOSÉ DÍAZ COVARRUBIAS, a cargo del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública hacia mediados de los setenta de la pasada centuria y franco partidario de la modernización del sistema educativo.

Desde su punto de vista, la educación femenina no debía orientarse hacia las carreras profesionales, pues consideraba que aún no existían las condiciones necesarias para compartir con ese sexo “la alta dirección de la inteligencia y de la actividad”. Prueba de ello, decía, era la naturalidad con que ellas mismas asumían dicha situación, al abstenerse de tomar parte en “las funciones sociales de los hombres, no obstante que con excepción de las costumbres, nada les prohibiría hacerlo en muchas de las esferas de la actividad varonil”. Por tanto, concluía el político y escritor de manera por demás simplista, dos eran las razones del retraimiento profesional del “bello sexo”: su “organización fisiológica” y su tradicional “lugar en sociedad”, juicio muy a tono con su tiempo y con el que se justificaba la continuidad del statu quo.

Y en efecto, de acuerdo con las leyes de Instrucción Pública de 1867 y 1869, no existían impedimentos formales que prohibieran a las mexicanas matricularse en la Escuela Nacional Preparatoria y, una vez acreditados dichos estudios, optar por alguna de las escuelas profesionales existentes. Aquel plantel nunca se definió como exclusivamente masculino y si en sus primeros años de vida funcionó como tal, fue debido a la presión social y al peso de la tradición, abiertamente en contra de la presencia femenina en dominios varoniles. Ello explica la posición de Díaz Covarrubias, pues cuando publicó su obra sobre la instrucción pública en México (1875), las mujeres continuaban excluidas de las aulas preparatorianas. No sería sino hasta las siguientes décadas cuando ese sexo se atrevió a franquear las trincheras de la instrucción superior.

En contraste, desde las esferas oficial y privada, se impulsó el acceso femenino a la carrera magisterial, al punto que, hacia finales de siglo, la matrícula de la Escuela Normal de Profesoras era bastante superior a la registrada en la Normal de Profesores, no obstante los diversos incentivos ofrecidos a los varones para que se sumaran a las filas del magisterio. Entre los argumentos esgrimidos para justificar tal política destaca la convicción de esta generación en la supuesta capacidad innata de las mujeres para las tareas educativas, para el cuidado moral y material de la niñez; “a todo prefieren esto, afirmaba Sierra, para nada son más aptas”.

Tal estereotipo venía como anillo al dedo a la clase dirigente, enfrentada a la urgente necesidad de educar a un pueblo mayoritariamente analfabeta, tarea para la que se requerían mentores mejor preparados que los improvisados de otros tiempos. También, aunque con serias cortapisas, había interés por preparar a las mujeres de clase media, para que, en caso necesario, pudieran ganarse la vida dignamente y para ello nada mejor que el magisterio, actividad que encajaba a la perfección con el esquema ideológico y simbólico de la sociedad porfirista.

En el proceso de “feminización” de la carrera magisterial también se observan intereses de orden económico, pues las profesoras recibían sueldos más bajos que sus compañeros varones, lo que redundaba en un atractivo ahorro para las finanzas públicas. Díaz Covarrubias,  reconocía que las jóvenes egresadas de las escuelas normales resultaban “más baratas” y redituables que sus colegas del sexo opuesto, ya que además de recibir sueldos más bajos que éstos, por las cualidades de su carácter y por falta de otras opciones laborales, se entregaban en forma más completa y prolongada al servicio de sus escuelas.

Si bien esta fue la principal tendencia oficial en favor de la educación femenina, no todos las acciones gubernamentales se ajustaron fielmente a dicho esquema. A raíz de la promulgación de la Ley de Instrucción Pública de 1867, en las esferas del poder se observa cierto interés por abrir el abanico formativo de las mujeres. Expresión de esta preocupación fue el establecimiento de la Escuela Secundaria para personas del sexo femenino, cuyas metas no se redujeron a formar profesoras de educación elemental o a capacitar a las alumnas para el desempeño de algún oficio, como pretendió hacerse en la Escuela de Artes y Oficios para Mujeres. La Secundaria femenina, contemporánea a la Nacional Preparatoria, tuvo intenciones más amplias. Además de moralizar a las alumnas y darles “ocupación en sociedad”, pretendía “proporcionarles los conocimientos generales que las pongan al tanto de los adelantos de la época.”

Como la consabida falta de recursos impidió que la fundación de la escuela normal, prometida por el código del 67, se hiciera realidad, la Secundaria y la Escuela Nacional Preparatoria debieron suplir tales funciones. Con este fin incluyeron en sus respectivos planes de estudio la asignatura de “métodos de enseñanza comparados” para los alumnos o alumnas, según fuera el caso, que desearan dedicarse al magisterio. Pero las pretensiones iniciales de sendas instituciones iban más allá de ese objetivo, de ahí la denominación de Secundaria de Niñas y no el de Normal de Profesoras con que pudo haberse identificado al plantel femenino si esta hubiera sido su intención vertebral. Al menos en teoría, pues su inauguración tuvo que esperar dos años, la creación de la Secundaria representó el primer intento oficial, a nivel nacional, de otorgar a las mexicanas una cultura “superior”, cuyo plan de estudios llegó a incluir materias científicas inexistentes en algún otro establecimiento educativo para mujeres.

Sin embargo, en la práctica las cosas fueron muy distintas y pese a las expectativas de sus fundadores, las metas iniciales de la Secundaria cedieron ante la demanda social. Desde sus primeros años de vida, ésta se perfiló como un “semillero” de maestras, hasta que, por decreto del 4 de junio de 1888, quedó definitivamente convertida en la Escuela Normal de Profesoras.  Como expresara Ezequiel A. Chávez al referirse a la Secundaria, su carácter híbrido, la heterogeneidad de los conocimientos que impartía, “tenían que dispersar las energías, evitando se concentrara en la formación del profesorado todo el esfuerzo material, intelectual y pecuniario”. Estas deficiencias explican su transformación en normal y el abandono de su carácter inicial como escuela de estudios secundarios o “superiores”.

Sin embargo, la importancia que la Secundaria de Niñas llegó a tener fue tal que, cuando en abril de 1881, Justo Sierra presentó ante la Cámara su “Proyecto de creación de una universidad”, la incluyó entre las escuelas constitutivas de dicha institución, otorgándole igual jerarquía que al resto de los planteles nacionales y de los que habrían de crearse para dicho efecto.  Para evitar cualquier duda al respecto, el político precisaba que las mujeres tendrían derecho a cursar “todas las clases de las escuelas profesionales, obteniendo al fin de la carrera diplomas especiales de la escuela Normal y de Altos Estudios”. Añadía que en este último plantel, considerado por el futuro secretario de Instrucción Pública como pináculo de los estudios universitarios, las mexicanas podrían obtener los mismos títulos que los varones, lo que equivalía a un inusitado reconocimiento de la capacidad intelectual y profesional del sexo opuesto. Si bien este primer proyecto universitario no tuvo eco en los medios políticos e intelectuales, muestra la disposición de un sector por promover la superación educativa de las mexicanas.

Pero la transformación de la Secundaria de Niñas en Normal de Profesoras no liquidó las posibilidades femeninas de cursar otro tipo de estudios superiores e incluso alguna carrera profesional, como empezó a suceder hacia mediados de los ochenta. Paulatinamente, las mujeres fueron reivindicando su derecho a estudiar en la Nacional Preparatoria. Un acercamiento a la “Sección Inscripciones” del Fondo Escuela Nacional Preparatoria arroja datos de interés al respecto. Hasta donde tenemos noticias, fue a partir de los ochenta cuando arribaron las primeras alumnas a dicho plantel. Matilde Montoya encabeza el listado de preparatorianas en 1882, seguida un año después (1883) por Luz Bonequi,  Concepción Morales y Dolores Morales (1883), aunque de estas últimas, probablemente hermanas, únicamente se conocen los certificados de instrucción primaria y de buena conducta que presentaron a la dirección de la escuela, pero no consta que fueran aceptadas.  Del 84 y por una nota hemerográfica se conoce el nombre de Guadalupe Castañares, a quien siguió un pequeño grupo, conformado por Herlinda e Ignacia García, Paz Gómez y Carmen Sastré, cuyos nombres aparecen a partir del 85,  mientras que Francisca Parra, Ynés Vázquez, María Sandoval, María Nájera y Herlinda Rangel fueron inscritas entre 87 y 89. Con excepción de Luz Bonequi, matriculada en telegrafía, Paz Gómez, cuyo destino profesional no fue anotado con claridad, Guadalupe Castañares citada por El Tiempo debido a su activismo político y las hermanas Morales, el resto de las alumnas -9 en total- coinciden en su interés por la medicina.

Entre 1891 y 1900 el número de preparatorianas aumentó considerablemente. Hasta el momento hemos localizado un total de 58 jóvenes inscritas, originarias de distintas regiones de la república más dos extranjeras, una cubana (Sara de la Rosa Vázquez) y otra norteamericana (Irene Ollendorf). Tenían carácter “numerario” aquellas que habían aprobado todas las materias del curso anterior, “supernumerario” las que adeudaban alguna asignatura o no habían presentado completa la documentación requerida por la dirección del plantel, y “oyentes”, las que simultáneamente estaban inscritas en alguna otra escuela oficial y completaban su formación asistiendo a alguna cátedra en San Ildefonso. Tales fueron los casos de Candelaria Manzano, de la Escuela Nacional de Bellas Artes y Ma. de Jesús Martínez o Etelvina R. Osorio del Conservatorio Nacional.  Sorprendente para la época fue la presencia de una viuda de 32 años de edad, quien solicitaba inscripción para el primer curso semestral de estudios preparatorios, seguramente convencida de la necesidad de mejorar su preparación, así como la de María Jiménez de Muñoz, bastante más joven (22 años) y casada.

De acuerdo con la información disponible, la mayor parte de las alumnas sólo permaneció uno o dos años en la escuela, pero hubo otras más perseverantes como María Álvarez (1892-1896), Ana Ma. Barrera, (1891-94),  Elena Carrera (1895-1900), Juana Dávalos (1891-1895), Luz Coyro (1894-97),  Juana Díaz (1896-1903),  Asunción Walker (1896-1901) y Gudelia Fernández (1897-1900), quien al terminar sus estudios, obtuvo el “certificado general para medicina”, o también quienes, al completar el ciclo preparatorio, lograron matricularse en una de las escuelas superiores y cursar una carrera profesional. Entre estas últimas destacan María Sandoval, alumna de la Preparatoria de 1887 a 1891;  Eloisa Santoyo de 1890 a 1895, Guadalupe Sánchez, de 1890 a 94  y Soledad de Régules de 1896 a 1899,  la primera inscrita posteriormente en la Escuela Nacional de Jurisprudencia y las tres últimas en la de Medicina.

Aunque no en todos los casos, la documentación consultada refleja las preferencias profesionales de estas primeras preparatorianas. De un total de 72 alumnas localizadas en las últimas dos décadas del siglo pasado, 33 se inclinaban por la medicina, siete por farmacia, dos pretendían llegar a ser abogadas, una más notaria, otra de ellas manifestaba particular interés por la ingeniería y sólo dos por la telegrafía. Del resto, 20 no precisan alguna preferencia disciplinaria, la vocación de una más es ilegible, 3 eran oyentes adscritas a otra institución y dos más sólo se conocen por sus estudios previos.

No obstante que tanto estas jóvenes como sus familiares representaban al grupo más progresista de la comunidad, reproducían los patrones culturales predominantes y precisamente era el área de la salud la que garantizaba mayor aceptación social, tanto por la larga tradición femenina en este campo (enfermeras y parteras), como por la identificación entre el estereotipo femenino vigente y las aptitudes que se adjudicaban al desempeño profesional de la medicina.

Prueba de ello son algunos escritos de la prensa liberal que colaboraban a “airear” el tema y a flexibilizar la rígida posición de la ciudadanía. Desde inicios de los setenta y en tono crítico, El Monitor Republicano se refería a la reacción de los estudiantes de medicina “de algunos lugares de Inglaterra” ante la creciente presencia femenina en sus respectivos establecimientos. Para el articulista, el motivo de fondo que animaba a los inconformes era el temor a perder parte de su clientela potencial, denuncia que además de informar sobre el hecho, invitaba a la reflexión pero desde el entorno mexicano. El mismo cotidiano, sólo que varios años después, publicaba algunas cifras interesantes sobre la afición femenina por los estudios médicos; de un total de 114 alumnas inscritas en la Escuela de Medicina de París, 12 eran francesas, 1 americana, 8 inglesas, 1 austríaca, 1 griega, 1 turca y 90 rusas.  Un rotativo más mencionaba que de los 139 estudiantes de medicina de la Universidad de Zurich, el 70% eran mujeres, las que no dejaban duda alguna de su empeño y capacidad. Pero, según el escrito, era en Japón donde “el feminismo” hacía mayores progresos; gracias al movimiento encabezado por la señora Hayotamo, mujer de un antiguo ministro, se habían formado cuatro importantes sociedades “para la elevación y cultura de la mujer desde el punto de vista moral, intelectual, físico y social”.

Fue también a través de la prensa como la sociedad porfirista se enteró de las vicisitudes que Matilde Montoya tuvo que enfrentar para acreditar, mediante exámenes extraordinarios, los estudios preparatorios y continuar con los de medicina hasta convertirse en la primera médica titulada. Asimismo, se ocupó de difundir las conquistas académicas de algunas mexicanas en el extranjero, como Laura Mantecón de González, esposa del ex presidente de la República, Manuel González, quien obtuvo el título de doctora en medicina en una universidad norteamericana o el de la “Srita. Toral”, quien una vez terminados los estudios médicos en Cincinatti, se proponía retornar a su país para ejercer la profesión. Aunque se trataba de casos aislados, este tipo de información contribuía a la discusión pública del tema y, aunque lentamente, a modificar los arraigados patrones culturales de la sociedad mexicana.

Paulatinamente surgían nuevas voces en favor de la incorporación femenina a la Preparatoria. El Correo de las Doce, por ejemplo, tomaba partido en favor de Matilde Montoya, quien -opinaba- había sido injustamente evaluada por Francisco Rivas, profesor de lógica, no obstante que la alumna había dado suficientes muestras de “ilustración y talento”. El Diario del Hogar invitaba a la población femenina que deseara alcanzar “mayor honra y provecho” a seguir el ejemplo de la primera médica, opinión a la que se sumaba El Correo de las Doce, el que responsabilizaba a algunos empleados y funcionarios del gobierno de la escasa presencia femenina en las instituciones de educación media y superior. Eran ellos -acusaba el articulista-, los que “prevalidos de su posición social en los establecimientos de enseñanza secundaria procuran estorbar el ingreso [de] las jóvenes”, tal y como recientemente había acontecido al negárseles inscripción en el plantel a “varias jóvenes de intachable reputación y notorias aptitudes intelectuales”. Prejuicios tales, concluía el escrito, representaban una verdadera aberración.

Conforme pasaba el tiempo, la mujeres se atrevieron a incursionar en las disciplinas tradicionalmente masculinas; de ahí las tres candidatas a seguir estudios de Derecho y la primera aspirante a la carrera de Ingeniería. A esta toma simbólica de las aulas preparatorianas seguiría la conquista de las profesiones liberales, mucho más difícil quizás por la carga de intereses que, desde diversas posiciones y niveles, se oponía a redefinir las áreas de acción femeninas y masculinas. Pese a ello, fue en las postrimerías del siglo XIX y en la primera década del XX cuando surgieron las pioneras de este nivel educativo en México.
II  “Abriendo brecha”

Hacia mediados de los ochenta del siglo pasado, se presentó un hecho significativo en el ámbito cultural del país. Los días 24 y 25 de agosto de 1887 tuvo lugar en la Escuela Nacional de Medicina el examen profesional de Matilde Montoya, quien tras enfrentar toda clase de obstáculos, logró concluir los estudios superiores y responder con “entereza, sangre fría y aplomo”  a las preguntas de los sinodales. El hecho revestía particular importancia pues rompía una barrera de siglos y contribuía a modificar las representaciones de género tradicionales. No casualmente la escritora Laureana Wright describía a la médica como una auténtica heroína, quien “a fuerza de constancia había logrado vencer a la envidia y dominar a la ciencia”,  mientras otra prestigiada autora – Concepción Gimeno de Flaquer –  la definía como libertadora de su género y conquistadora del progreso.

Por supuesto, Matilde Montoya no fue el único caso; aunque en número reducido, otras jóvenes seguirían su ejemplo, conformando la primera generación de profesionistas mexicanas. Si bien predominan las médicas, también hubo algunas odontólogas, una abogada y una egresada de la Escuela Nacional de Ingenieros. Dentro del primer grupo, además de Montoya, están Columba Rivera, quien presentó el examen profesional de médica cirujana y obstetra en 1900, Guadalupe Sánchez en 1903, Soledad de Régules Iglesias en 1907 y Antonia Ursúa en 1908. Rosario Martínez fue un caso especial, pues aunque terminó sus estudios en noviembre de 1906, no se recibió sino varios años después (1911). Pero el número de alumnas debió ser mayor, sólo que, posiblemente, no todas pudieron concluir la carrera; según Mílada Bazant, hacia 1900, la Escuela de Medicina contaba con 18 alumnas de un total de 356 estudiantes,  aunque es probable que en dicha cifra, la autora incluyera a las estudiantes de obstetricia, carrera que atraía a mayor número de mujeres, pues para obtener el título respectivo sólo se exigía haber cursado la primaria superior y dos años de estudios en la Escuela de Medicina. Basta recordar que únicamente en 1903, se graduaron 7 nuevas parteras: Francisca García, Adela Vaca Vda. de Mata, Rosario Rojas, Natalia Lamadrid, Francisca Campos, Isabel Pereda de Ruiz y María E. Ramírez.
Las primeras candidatas a la carrera de medicina contaron con la simpatía y el apoyo económico de las autoridades educativas y gubernamentales. Al decir del Hogar, Matilde Montoya había arrancado sus estudios médicos en Puebla, pero el presidente Díaz la invitó a finalizarlos en la capital de la república, pues consideraba que nada más justo ni mejor que la primera doctora mexicana se titulara en esta ciudad.  Con posterioridad y gracias a su trayectoria académica, contó con el auxilio de Joaquín Baranda, secretario de Justicia e Instrucción Pública, a quien ella misma calificara como “mi bondadoso protector” y que en todo momento la ayudó a “vencer las dificultades que encontraba”. Por su parte, el gobierno federal le concedió una mensualidad de $40 y los gobernadores de Morelos, Hidalgo, Puebla y Oaxaca hicieron lo propio, al señalarle “pequeñas pero utilísimas pensiones”.

Los casos de Columba Rivera y Guadalupe Sánchez son semejantes; a la primera se le asignó una subvención mensual de $15 a lo largo de su carrera (1894-1900), mientras que esta última obtuvo $20 durante sus estudios preparatorios y $15 en los profesionales, siempre en atención al resultado de sus evaluaciones. Aunque Soledad Régules parece haber disfrutado de una condición económica más cómoda, también gozó del apoyo oficial. Tras finalizar los cursos de la Nacional Preparatoria en 1900 y de radicar un año en Europa, inició la carrera de medicina, en cuya última parte recibió $30 al mes; una vez titulada, la Secretaría de Instrucción Pública le otorgó una beca para realizar estudios de posgrado en el extranjero, posiblemente la primera mexicana que llegó a este nivel escolar:

La Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, sabedora del aprovechamiento y de la conducta intachable de la nueva doctora, acordó pensionarla para que por espacio de dos años viviera en Europa y se perfeccionara allí en la carrera cuyo título acaba de adquirir. La señorita Régules marcharía a París, y allí concurriría a las clínicas de hospitales famosos o de médicos renombrados, pues no le faltarían recomendaciones eficaces para lograr aproximarse a las celebridades científicas de aquel centro universitario del saber.

A la par que estas pioneras de la medicina, hubo algunas jóvenes más decididas que se atrevieron a incursionar en áreas del conocimiento consideradas como exclusivamente masculinas. Egresada de la Nacional Preparatoria, María Sandoval cursó la carrera de abogada entre 1892 y 1897, durante lo cual disfrutó de una pensión mensual para “fomento de sus estudios”, no obstante que en alguna ocasión sus calificaciones fueron inferiores a las exigidas a los y las alumnas becadas. Incluso, recibió $45 para “expensar los gastos de recepción en dicha escuela”, lo que muestra la disposición oficial favorable hacia las estudiantes. Sin embargo, esta “simpatía” no dio lugar a un trato de excepción; en términos generales, las futuras profesionistas se atuvieron a las mismas reglas que sus compañeros y, si ocasionalmente gozaron de algún beneficio, fue dentro de lo estipulado por la legislación y la práctica escolar.

El examen profesional de María Sandoval (julio de 1898) atrajo el interés de la prensa. “El Imparcial”, además de referirse a su corta edad, que “apenas ocultará unos 22 años de edad” y a su agradable presencia, subrayaba el acierto y precisión de sus respuestas, prueba  – decía – de los “profundos conocimientos que ha adquirido en derecho”. De acuerdo con algunos abogados asistentes al acto, la tesis profesional de la joven era “una verdadera pieza jurídica”, reflejo del brillante papel que había hecho durante su práctica como pasante, en la que destacaba particularmente el juicio en que Sandoval logró demostrar la inocencia de una mujer acusada de asesinato.

“El Mundo” aprovechaba el “inusitado acto” para atacar “la doctrina antifeminista”, partidaria de la división sexual del trabajo y apoyar el valor de estas primeras profesionistas, cuyo empuje  resulta digno de ejemplo, pues les permitía emanciparse de la tutela masculina, bastarse a sí mismas y procurarse, mediante el estudio y el trabajo, una posición digna y medios para subsistir. En tono realista observaba que “la mujer come igual que el hombre” y, como él, debía de estar suficientemente preparada para enfrentarse a la vida:

“Por eso, cuando una Matilde Montoya o una María Asunción Sandoval se sobreponen a esas preocupaciones, estudian, pasan exámenes y conquistan un título profesional, las aplaudimos, las felicitamos, y las consideramos como los apóstoles y las precursoras de la rehabilitación de la mujer”.

Otro escritor atraído por el tema fue “Juvenal”, quien en el Monitor Republicano comentaba la novedosa presencia de algunas alumnas en la Escuela de Jurisprudencia, futuras abogadas que fungirían como jueces, magistrados o representantes del Ministerio Público y que por su capacidad intelectual y “sexto sentido” atemorizaban a sus colegas del sexo opuesto. Lo importante, decía, es que “en nuestra patria, la mujer ya ocupa la tribuna, ya diserta, ya perora; ¡quien quita que andando el tiempo la veamos en los escaños del Congreso predicando en contra de la reelección!” Aunque no queda claro si en el escrito de Juvenal predomina el temor o gusto por el avance femenino, lo cierto es que, poco a poco, la opinión pública se iba acostumbrando a la creciente participación de las mexicanas en cuestiones de carácter público.

La profesora Dolores Correa Zapata, representativa de la vanguardia intelectual y profesional que a través de la revista “La Mujer Mexicana” luchaba por la superación femenina, era bastante más crítica. Lejos de concretarse a celebrar los méritos de la primera abogada, cuestionaba a sus contemporáneos con una pregunta difícil de contestar: ¿por qué en un país de 12 millones de habitantes, de los cuales siete millones eran mujeres, sólo había una abogada? Correa Zapata aprovechaba la trayectoria académica de María Sandoval para denunciar las múltiples dificultades que impedían el desarrollo profesional de las mexicanas, pero – aclaraba -, no para perderse en “inútiles lamentaciones”, sino para que su experiencia y ejemplo ampliaran los horizontes culturales y laborales femeninos, única forma de contribuir al futuro progreso de su género.

Igualmente comentada, fue la inscripción de Dolores Rubio Ávila en la carrera de ingeniería en 1910, pues sólo había el precedente de otra joven atraída por los estudios de ensayador de metales, “pero que desertó [en] lo mejor de la carrera”. Nacida en Chihuahua, Dolores debió pertenecer a una familia de pocos recursos, pues para continuar sus estudios en la Nacional Preparatoria, solicitó al ministro de Justicia e Instrucción Pública una pensión o una clase en alguna escuela primaria nocturna. A manera de justificación, la estudiante destacaba una conducta y calificaciones irreprochables a más de amplios conocimientos, certificados por varios profesores, sobre métodos pedagógicos. Finalizado el ciclo preparatorio en abril de 1910, Ávila optó por la carrera de metalurgista y solicitó una de las cuatro becas otorgadas a los estudiantes de ingeniería de minas, pese a que no era su especialidad. Se desconoce el resultado de esta gestión, pero en cambio se sabe que, dos años después, la joven había cubierto el plan de estudios de la carrera de ensayador y únicamente adeudaba la parte práctica que, al parecer, realizó en la Casa de Moneda.

Tampoco se conoce la identidad de las otras estudiantes de Jurisprudencia que menciona “Juvenal”, así como la trayectoria profesional, en caso de que hubieran ejercido, de María Sandoval y de Dolores Rubio. Habrá que esperar nuevos estudios sobre la matrícula femenina de las distintas escuelas nacionales para poder tener una idea más precisa de estas primeras generaciones de mujeres profesionistas.  La información recabada hasta el momento refleja que, a partir de la década de los ochenta del siglo pasado, se empezó a perfilar un cambio en el comportamiento educativo de las mexicanas, quienes por vez primera se atrevieron a pisar las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria y de las escuelas superiores. Gracias al apoyo que les brindaron algunas autoridades educativas, al espíritu progresista de sus familiares y al valor y perseverancia de las jóvenes, paulatinamente, ante la sorpresa y no pocas veces inconformidad de la sociedad porfirista, se empezaron a fracturar las estructuras ideológicas que por siglos impidieron a las mexicanas el acceso al estudio y ejercicio de las profesiones liberales. La brecha estaba abierta, lo demás sería cuestión de tiempo.  (Guzmán)

CAPÍTULO 4.  MUJERES DESTACADAS EN MÉXICO A TRAVÉS DE LA HISTORIA

Es justo destacar la notable participación de la mujer en México, en algunos capítulos significativos de la historia de la nación, pero no por ello, eludir su valiosa presencia a lo largo y ancho de nuestros anales históricos. Han estado ahí, imprimiendo su toque, su sello, su estilo, único y femenino, poniéndose a un costado y dejando ser a los hombres, a quienes acompañan y con quienes colaboran y crean, dejando de lado el crédito, la gloria, el aplauso y escondiéndose bajo la manta del anonimato, siempre fieles, prestas y grandiosas.
Estas son algunas de las heroínas que han ofrendado su propia sangre por un ideal, por un sueño, por sí mismas, por México. (Biografías de Mexicanos Ilustres)

La Malinche (1501-1528)

De agradable presencia y buen entendimiento, reza la descripción de los conquistadores, se refieren a Malintzín, mejor conocida como la Malinche, posteriormente bautizada como Doña Marina. A juicio personal, la verdadera autora de la conquista, implicando sus dotes, se ofreció en cuerpo y alma al extraño, al ajeno. Facilitó la maratónica tarea de establecer alianzas, sus negociaciones fueron más allá de un mero y llano servicio, de dio a sí misma, se entregó, fusionando su mente con la del enemigo, y forjó a precio de sangre, el futuro de los suyos, de su gente, de su patria.
Madre de los mestizos, y de cuya obra se determinó el futuro de un pueblo.

Gertrudis Bocanegra (1765-1817)

Heroína de la Independencia, el 16 de Septiembre de 1810, Gertrudis convenció a su esposo Lazo de Vega a unirse con su hijo a los insurrectos, cuando la columna insurgente pasó por sus tierras, ambos se agregaron a las fuerzas rebeldes de las filas de Miguel Hidalgo, organizó una red de comunicación en cuyo funcionamiento las mujeres de la región tuvieron una gran relevancia, organizó fuerzas, reclutó gente y organizaba en su casa reuniones rebeldes, en 1817 fue traicionada y se cuenta que el día de su fusilamiento, antes de morir, sus últimas palabras fueron en pro de convencer al pelotón y a las personas que presenciarían su ejecución para que se unieran a la causa de la libertad.

Leona Vicario (1789-1842)

Una de las primeras mujeres periodistas de México, nacida en 1789, de férreo carácter y formación intelectual, se unió a la sociedad secreta de los Guadalupes, que trabajaba a favor de la independencia. A los 20 años gastó el patrimonio de sus padres en comprar armas y proveer de comida a los insurgentes, ayudaba a las familias de los apresados y reclutaba hombres. Escribió informes en códigos en el periódico “El Ilustrador Americano”, apoyó por diferentes medios la causa de la independencia, actuó de confidente, facilitó el paso de las tropas sublevadas y les dedicó parte de su fortuna. Descubierta, fue encarcelada por las tropas realistas españolas, pero logró huir en 1813. Contrajo matrimonio con el escritor y político Andrés Quintana Roo, a quien conocía por trabajar éste en el despacho de abogados del tío de Vicario. Juntos acompañaron a las tropas del sacerdote y máximo dirigente independentista José María Morelos y vivieron numerosos peligros y penurias.

En 1818, fue apresada y encarcelada en Tejupilco (actual Tejupilco de Hidalgo). Confinada junto a su esposo en Toluca (actual Toluca de Lerdo), ambos residieron en esa ciudad hasta 1820, año en el que pudieron regresar a la ciudad de México. Tras la obtención de la independencia mexicana, en 1822, les fueron devueltos parte de los bienes que les habían sido confiscados. Leona Vicario falleció en 1842 en la ciudad de México, y ha pasado a ser considerada heroína nacional.

Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695)

Sor Juana Inés de la Cruz, autodidacta, humanista, gran poeta mexicana del virreinato de Nueva España, cuyo verdadero nombre era Juana Ramírez de Asbaje. Hija ilegítima, nació en San Miguel Nepantla, hoy estado de México. Aprendió a leer y escribir a los 3 años, estudió en la biblioteca de su abuelo y a los ocho años escribió una loa eucarística. Muy joven viajó a la ciudad de México, donde estudió latín (en sólo 20 lecciones). En 1665 entró en la Corte al servicio de la virreina, Doña Leonor Carreto, marquesa de Mancera, y fue objeto de asombro y veneración por su inteligencia, memoria y discreción.

En 1690, mientras en la Nueva España abundaba el hambre, las rebeliones de los indios y las epidemias, el obispo de Puebla, Fernández de Santa Cruz, le editó su Carta Athenagórica (o crítica del sermón del Mandato) en la que brilla el ingenio de sor Juana como prosista. En esa obra teológica, Sor Juana discute sobre las máximas finezas de Cristo y parece impugnar al jesuita portugués Antonio Vieira. Sin embargo, su confesor le recomienda una mayor santidad y Santa Cruz le dirige su Carta de Sor Filotea, nombre bajo el cual se traviste el dignatario, en la que conmina a Sor Juana a dejar sus escritos profanos y abrazar los religiosos (primera señal de una probable persecución que le obligó a abandonar las letras). Justamente célebre es su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1691), contestación a la Carta del obispo, una brillante defensa del derecho de las mujeres a expresarse con toda libertad.

Una polémica sobre los últimos años de su vida dividió a los sorjuanistas: unos postulaban la tesis de su conversión, otros atribuían su silencio final a una persecución. Recientes descubrimientos parecen confirmar esta última tesis. El historiador mexicano Elías Trabulse, publicó en 1996, un documento satírico, muy probablemente autógrafo de Sor Juana, La Carta de Serafina de Cristo, escrita en 1691, un mes antes de la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, en donde la monja revela que el verdadero personaje impugnado en su Athenagórica, es el padre Núñez. Trabulse asegura que Sor Juana fue objeto de un juicio secreto conducido por el obispo Aguiar y Seixas, amparado por el derecho canónico, si se incurría en “un error religioso”.

A partir de 1694, dejó de publicar sus obras aunque siguió escribiendo, como prueban los Enigmas, poemas manuscritos que conforman un libro intitulado La Casa del Placer, recientemente publicado. Un inventario del siglo XIX encontrado en su celda, da cuenta de 15 manuscritos póstumos con poemas sagrados y profanos. Sor Juana ocupó cargos importantes en su convento, entre ellos el de contadora, oficio que desempeñó hasta el final de su vida. (Boixo, 1992)

Doña Josefa Ortiz de Domínguez (1768-1829)

Patriota mexicana, sirvió de enlace entre los conspiradores de la independencia en 1810. Nació en Valladolid (Morelia) y estudió en el Colegio de San Ignacio de Loyola o de las Vizcaínas. En 1791, se casó con el corregidor de Querétaro, el Lic. Miguel Domínguez, por lo que se le apodó “La Corregidora”. En 1810, entró en contacto con el cura Miguel Hidalgo y Costilla y el capitán Ignacio María de Allende, a los que informó del desarrollo de la conspiración en Querétaro. Cuando los realistas descubrieron el lugar donde se guardaban las armas para la sublevación de octubre, persuadió a sus compañeros para que adelantaran la proclamación de la independencia al mes de septiembre. Fue apresada por las autoridades españolas y recluida en el convento de Santa Catalina de Siena, donde permaneció 3 años. Murió en 1829 en México.

María Luisa Martínez (1790-1817)

Originaria de Erongarícuaro, Michoacán, sirvió especialmente de correo entre los  insurgentes, que peleaban por la independencia nacional, contra los realistas. Antes de ser fusilada preguntó: “¿Por qué tanta obstinada persecución contra mí? Tengo derecho a hacer cuanto pueda a favor de mi patria, porque soy mexicana. No creo cometer ninguna falta con mi conducta, sino cumplir con mi deber”.

Amalia Robles Dávila (1891-1984)

Mujer campesina, zapatista, llegó al grado de coronela en el Ejército Libertador del Centro y del Sur.

Laureana Wright de Kleinhans (1846-1896)

Escritora, periodista, precursora del feminismo en México, nacida en Guerrero, desde joven se sintió atraída por la situación social de las mujeres. Con vigorosa inteligencia y espíritu de lucha difundió sus ideas en diversas publicaciones de la época. Fundó la primera revista feminista en México: Violetas del Anáhuac, donde escribían sólo mujeres, en ésta se criticaba duramente al gobierno de Díaz, razón por la cual casi fue expulsada del país.

Matilde Montoya (1857-1938)

Fue la primera mujer titulada de medicina en México, estudió Obstetricia en la Escuela de Parteras de la Ciudad de México, tuvo una exitosa estancia temporal como partera en Cuernavaca y amplió sus conocimientos en anatomía con estudios en casa. Al cumplir los 18 años trabajaba como partera en Puebla y tenía muchos más conocimientos que muchos médicos locales, fue calumniada injustamente y tras el desprestigio se asentó en Veracruz, su esperado ingreso a la Escuela Nacional de Medicina fue a los 25 años, no sin antes pasar por arduos trámites especiales y obstáculos de todo tipo. Se recibió 5 años después y su desempeño profesional fue intachable.

Eulalia Guzmán (1890-1985)

Maestra, historiadora y la primera arqueóloga mexicana, nació en Zacatecas en  1890, comenzó a realizar exploraciones a los 23 años.

Juana Gutiérrez de Mendoza (1875-1942)

Nació en Durango, maestra normalista, combinó su actividad con la lucha de los trabajadores por una sociedad más justa. Sus ligas con las organizaciones obreras y campesinas fueron frecuentes y se distinguió como organizadora y periodista. Fundó el periódico “Vesper” y “El Desmonte”, tuvo relación con los hermanos Flores Magón. Muchas veces fue encarcelada por su labor contra la dictadura de Porfirio Díaz.

María del Carmen Serdán Alatriste (1875-1948)

Con la llegada del siglo XX, la mujer empezó a tener una mayor participación política, los movimientos sufragistas femeninos daban la lucha en todo el mundo y en México el período del presidente Porfirio Díaz se aproximaba a su fin. El dictador ganaba su enésima reelección a costa de un férreo control político y los grupos de oposición se aprestaban a presentar una lucha frontal en contra del régimen.

Hermana de Aquiles Serdán. Ella y su esposo, su hermano y otros familiares integraban una célula revolucionaria que realizaría un levantamiento armado en 1910 en coordinación con otros grupos revolucionarios en la ciudad de Puebla, la familia Serdán se preparaba para enfrentar por todos los medios al decrépito régimen, sin embargo, el complot fue descubierto y la casa de los Serdán en el centro de Puebla pronto fue sitiada, ahí se atrincheraron resistiendo hasta el último cartucho, gran parte de la familia Serdán fue masacrada. Carmen Serdán a pesar de haber empuñado y disparado el rifle contra los efectivos militares, no fue abatida, pero fue hecha prisionera. La actitud valiente de Carmen Serdán, que dio inicio el primer movimiento revolucionario del siglo XX, es parte del sacrificio de millones de mujeres de México que desde el anonimato han ofrendado sus vidas.

Frida Khalo (1904-1957)

Pintora mexicana que realizó principalmente autorretratos, en los que utilizaba una fantasía y un estilo inspirados en el arte popular de su país. Hija del fotógrafo judío-alemán Guillermo Khalo, Frida nació en Coyoacán, en el sur de la Ciudad de México. A los 16 años, cuando era estudiante en la Escuela Nacional Preparatoria de esta ciudad, resultó gravemente herida en un accidente de camión y comenzó a pintar durante su recuperación. Tres años más tarde, le llevó a Diego Rivera algunos de sus primeros cuadros para que los viera y éste la animó a continuar pintando. En 1929 se casaron.

Influida por la obra de su marido, adoptó el empleo de zonas de color amplias y sencillas plasmadas en un estilo deliberadamente ingenuo. Al igual que Rivera, quería que su obra fuera una afirmación de su identidad mexicana y por ello recurría con frecuencia a técnicas y temas extraídos del folclore y del arte popular de su país. Más adelante, la inclusión de elementos fantásticos, claramente introspectivos, la libre utilización del espacio pictórico y la yuxtaposición de objetos incongruentes realzaron el impacto de su obra, que llegó a ser relacionada con el movimiento surrealista.

Sus cuadros representan fundamentalmente su experiencia personal: los aspectos dolorosos de su vida, que transcurrió en gran parte postrada en una cama, son narrados a través de una imaginería gráfica. Expresa la desintegración de su cuerpo y el terrible sufrimiento que padeció en obras como La columna rota (1944, colección de Dolores Olmedo, Ciudad de México), en la que aparece con un aparato ortopédico de metal y con el cuerpo abierto mostrando una columna rota en lugar de la columna vertebral. Su dolor ante la imposibilidad de tener hijos lo plasma en Hospital Henry Ford (1932, colección Dolores Olmedo), en la que se ve a un bebé y varios objetos, como un hueso pélvico y una máquina, diseminados alrededor de una cama de hospital donde yace mientras sufre un aborto. Otras obras son: Unos cuantos piquetitos (1935, colección Dolores Olmedo). Las dos Fridas (1939, Museo de Arte Moderno de México) y Sin Esperanza (1945, Dolores Olmedo).

Expuso en tres ocasiones. Organizó las exposiciones de Nueva York de 1938 y de París de 1939 a través de sus contactos con el poeta y ensayista surrealista francés André Bretón. En abril de 1953 expuso por primera vez en la galería de Arte Contemporáneo de Ciudad de México. Un año después murió. El matrimonio Kahlo-Rivera fue miembro del Partido Comunista Mexicano. El día de su entierro, el féretro de Frida fue cubierto con la bandera del partido, un hecho que fue muy criticado por toda la prensa nacional. Su casa en Coyoacán fue transformada en Museo y lleva su nombre. (Encarta, 2009)

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