El amor adictivo. Breve aproximación conceptual a la adicción de la pareja.

 Por: Lic. Claudia Garibay Ostos que es alumna de la Maestría en Psicoterapia Guestalt en la Universidad Gestalt 

Introducción:

Los términos de adicción y amor por lo general implican sentidos opuestos. Culturalmente, la adicción es entendida como un comportamiento percibido negativamente. Por una parte, la idea de adicción sugiere sufrimiento, dolor, desesperación; y también la fuerte vinculación de este término con las drogas refuerza esta creencia. Por otra parte, la idea de que el amor es un sentimiento que genera satisfacción, placer y realización personal abona a dicha oposición. Gaja (1995) por ejemplo define al amor como el sentimiento de agrado hacia otra persona que se manifiesta por la comprensión, la complicidad, el entendimiento y la pasión, así también Scoresby (1997) y Turner (1970) señalan que, ya sea en los hechos o en la mente, el amor viene acompañado de una sensación de altruismo, intimidad, admiración, respeto, confianza, aceptación, unidad y exclusividad, aunque la experiencia personal y el conocimiento de las experiencias amorosas de familiares y amigos también nos hacen desconfiar de este paraíso ideal.
Ciertamente, aquéllos que hemos sentido o vivido el amor pleno en algún momento de nuestras vidas tendemos a reforzar esta definición sin mucho cuestionamiento, pero seguramente no se nos escapan otras experiencias de amor que sería difícil hacerlas encajar en este molde ideal. En las relaciones de pareja que establecemos a lo largo de nuestra vida experimentamos un abanico de sentimientos, emociones y acciones relacionadas con el amor, pero éstos no siempre tienen una trayectoria feliz. Por eso coincidimos con Schaeffer (2000) cuando plantea que el amor también tiene conductas y emociones intensas, extrañas o desviadas que –en palabras de Peele y Brodsky (1975)- revelan egoísmo, dependencia y agobio, aspectos éstos que se manifiestan a través de reclamos constantes de atención y exigen por lo general continuas renuncias.
Estas conductas han sido consideradas por no pocos teóricos y clínicos como adicción ya que con ellas, o a través de ellas, se puede llegar a dañar o perjudicar la salud física y emocional de quien la padece, sin que sea posible –aún estando consciente de ello- librarse de ella. Es decir, estamos ante la presencia de una conducta adictiva cuando, en términos de Barnetche, Maqueo y Martínez (1999), el sujeto adicto muestra una pérdida habitual del control al realizar una determinada conducta y sigue ejercitándola a pesar de sus consecuencias negativas. En ese sentido, cuando lo anterior se produce de manera reiterada en la relación de pareja, ésta queda sujeta a la posesividad y a la co-dependencia, lo que ya de suyo resulta un trastorno psicológico que se resume, tal y como lo señalan estos autores, en una incapacidad para participar de manera “positiva” en una relación de pareja.
No obstante lo anterior, está claro que no todos los malos ratos en el amor describen una conducta adictiva en los términos que aquí hemos descrito. Se trata como afirma Yela (s/f) no sólo de pensar la adicción en términos negativos, sino de complejizar su abordaje y tratamiento a partir de la insatisfacción que provoca en alguno de los miembros, o ambos, de la relación de pareja. Al decir del autor –y coincidimos- cuando la adicción genera insatisfacción es posible asumirla como adicción, de lo contrario no habría mucho que decir en su contra. Por ello, insistimos, una conducta adictiva en el amor, siempre y cuando resulte viable y satisfactoria para la relación de pareja y para sus miembros en lo individual, no puede pensarse desde una visión “negativa”, aun y cuando la adicción en sí misma lo sea en tanto enfermedad.

Bajo estas condiciones de entrada, en este ensayo no pretendemos ofrecer una mirada analítica polarizada desde lo moral. Tampoco llamaremos a priori como “positivas” o “negativas” a las conductas adictivas particulares, sino que ofreceremos de manera sintética y general las circunstancias o factores que intervienen en esta conducta adictiva en el amor a través del análisis conceptual del término “amor adictivo”.

Desarrollo:

La conducta adictiva puede ser conceptualizada como toda conducta sistemática que genere una transformación obstaculizadora en la reproducción de la vida cotidiana del adicto. Esta primera definición, como se puede notar, supone a la adicción como un obstáculo para la reproducción de la vida diaria. Sin embargo, una mirada más profunda a la adicción la revela como una enfermedad compleja de naturaleza bio-psico-social, cuyas múltiples causas se entrecruzan para desarrollar un desorden adictivo. La mayoría de los autores coinciden en que la etiología de tal desorden es de carácter no lineal, multifactorial y sistémico por lo que su abordaje analítico y terapéutico precisa de un tratamiento integral.
Otros autores, en cambio, la entienden como una creencia activa en un compromiso ante un estilo de vida negativo que comienza cuando se abandonan los caminos naturales de satisfacción de las necesidades emocionales de un individuo al conectarse con otras gentes y consigo mismo.
Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) define la adicción como una enfermedad física y psicoemocional que crea una dependencia o necesidad hacia una sustancia adictiva o una relación. Bajo esta perspectiva, se trata más bien de un conjunto de síntomas y signos en los que se involucran factores biológicos, genéticos, psicológicos y sociales que conducen a la aparición de una enfermedad progresiva, y muchas veces fatal, caracterizada por episodios continuos de descontrol, distorsiones del pensamiento y negación ante la enfermedad. Con esta definición fincamos postura conceptual al respecto.
Aunque la definición de la OMS describe tanto la adicción de ingestión como la de conducta, la mayoría de los textos relacionados con el tema en la literatura especializada se enfocan a la adicción en cuanto al consumo de drogas, sean estas legales o ilegales. Algunos otros textos revelan la presencia y preocupación sobre las adicciones de tipo conductual tales como la adicción al juego, a internet, a ciertos objetos y también a la pareja. Como se habrá podido notar, este último es el tema sobre el que nos interesa reflexionar en este ensayo.
Uno de los autores contemporáneos más representativos en torno a la adicción en la relación de pareja es el español Carlos Yela. Para este autor, la relación de pareja es una dinámica relacional humana dada por diferentes parámetros entre los que se encuentran los contextos culturales (Yela, 1997). A su juicio, el amor adictivo en la relación de pareja no puede entenderse sin un estudio del contexto cultural en el que dicha relación está inmersa en tanto éste puede determinar la forma en que sus miembros ven y actúan la relación misma.

Al decir de Maureira (2011), la relación de pareja se gesta a partir de 4 componentes básicos: el compromiso (centrado en el interés en y la responsabilidad por la pareja), la intimidad (que se ampara en una especie de apoyo afectivo), el romance (que es la pasión romántica vinculada a la atracción física, pero centrada en el interés hacia la pareja) y el amor (que es el componente biológico relacionado con la reproducción y la crianza).

Como se podrá notar, de los 4 componentes antes descritos, los tres primeros son de carácter cultural y por tanto hallan un correlato importante en lo social-histórico, y sólo el último es de carácter biológico. Esta unidad entre lo biológico y lo cultural implica algo evidente, a saber: que contrariamente a la definición doxástica que se maneja desde el saber no especializado, el amor es uno de los componentes de la relación de pareja, pero no es el único; lo que a su vez nos lleva a pensar que la relación de pareja, y la adicción a la pareja traducido por Yela (1997) a través del término “amor adictivo”, debe ser estudiada y entendida desde una visión amplia que involucre tanto a la comprensión humana desde el punto de vista sociocultural, como a los factores biológicos de la persona en su carácter de factores que predisponen al adicto.

En palabras de Helen Fisher (1998; 2000), desde el punto de vista biológico, el amor es la necesidad fisiológica de una pareja exclusiva para la cópula, la reproducción y la crianza, cuya satisfacción genera placer. Esto da pie a la conceptualización de dos tipos de amor biológico presente en todas las especies animales y en todas las culturas: el amor materno y el amor romántico. Según Zeki (2007), la diferencia entre ambos es la ausencia de deseo sexual en el primero, y la presencia enfática de esta variable en el segundo, lo que, en la opinión de Páez (2006), implica entender al amor romántico asociado al sistema de recompensas del cerebro, en tanto resulta una experiencia determinada por los circuitos neuronales.

Sin embargo, como ya hemos comentado antes, el amor no es el único componente de la relación de pareja, en específico cuando se habla de la pareja humana, o sea, de la relación amorosa entre humanos. El ser humano, en tanto ser social, no puede estar separado del contexto social y cultural en el que vive, de manera que está expuesto en su desarrollo como persona y como ser social a las condiciones históricas que determinan estos contextos en las diferentes culturas y épocas. En lo que sigue nos enfocaremos a describir los factores que pueden intervenir en la conducta adictiva a la pareja.

Solomon y Corbit (1974), al señalar que el amor está determinado por el manejo emocional que hace emerger una reacción afectiva primaria caracterizada por un placer incondicionado, dan cuenta de que el amor ocurre como resultado de mecanismos fisiológicos. Esto permite afirmar la tesis de que efectivamente se puede generar, desde el punto de vista biológico, una adicción al amor, entendido éste como afecto. Y es que según Retana y Sánchez (2005), el afecto tiene la misma función que un sedante o un estimulante.

Ahora bien, lo anterior no significa que el amor en tanto afecto no pueda ser influido por decisiones cognoscitivas y reacciones conductuales de diverso tipo. Esto es lo que en lo general hace al amor un objeto de estudio complejo y fascinante, y desde el punto de vista de la adicción, una oportunidad para comprender que las adicciones no tienen solamente una causa social o cultural, sino también fisiológica.

En el amor adictivo Yela (s/f) señala que los amantes sufren síntomas agudos de privación. Lo anterior coincide con la idea de que el sufrimiento está estrechamente vinculado a la necesidad imperiosa del individuo adicto de ser amado, o dicho en otras palabras: de recibir o procurarse afecto. En ese sentido, la persona adicta al amor tiene un vacío afectivo y ve a su pareja como el objeto que llena ese vacío, generando así en la mayoría de las ocasiones una dependencia emocional que conlleva a comportamientos y pensamientos obsesivos en los que la presencia del desasosiego, la angustia, la desesperación y la pérdida de interés en actividades donde no esté presente el/la amado/a. Estos comportamientos se muestran como síntomas psíquicos de la adicción y se acompañan por síntomas físicos como son: opresión en el pecho, sudoración, mareos y jaquecas. Estos síntomas, dice Echeborúa (2000) se alivian ante el contacto con el ser amado, lo que corrobora que el amor adictivo, en tanto configura un comportamiento de adicción a la pareja, revela un problema de dependencia que casi siempre, en función de los roles complementarios de los amantes, prefiguran un escenario de co- dependencia emocional.

La co-dependencia es así una relación co-adictiva (Mellody, 2006) que presupone el involucramiento mutuo a través de intercambios íntimos entre el adicto (dependiente) y el co-dependiente. Esta relación está caracterizada por comportamientos obsesivos y compulsivos por ambas partes, la ausencia de autocontrol y la no percepción e incluso negación de la co-dependencia en cuestión. A tenor con esto, nuestro próximo paso es enfocar la reflexión en torno al síndrome de dependencia y co-dependencia emocional.

La dependencia emocional es un patrón de conducta que revela una acción de “enganche”, la cual a su vez muestra en la persona dependiente una necesidad muy grande y continua de afecto. El dependiente emocional es una persona que sufre de miedo a la soledad (no conciben la vida sin pareja), de ansiedad y depresión y, por lo general, no es feliz. En la mayoría de los casos buscan parejas dominantes, de carácter fuerte, egoístas, egocéntricas, desconsideradas, posesivas y hasta déspotas, que fungen como co-dependientes. A estas parejas, el dependiente emocional normalmente las idealiza en extremo, llegando a justificar sus desmanes, admirándolo en demasía y concibiéndolo como superior a él, lo que conduce en no pocas ocasiones a soportar incluso el maltrato físico y psicológico que puede llegar a conferirle. La sumisión, subordinación y extrema obediencia del dependiente emocional hacia el co-dependiente es lo que para Howard (2001) implica la adicción al amor. Para este autor, la dependencia emocional como variante de amor adictivo se traduce en un sentimiento de fragmentación, vacío, desesperación, tristeza y extravío por parte del dependiente emocional.

Y es que por lo general, el dependiente emocional es una persona con baja autoestima, que se desprecia a sí misma y establece relaciones tipo dueño-súbdito. En ese sentido, es lógico que necesite de su pareja “verdugo” (rol complementario del adicto/co-dependiente) todo el tiempo, experimentando en casos extremos algo similar a los efectos psíquicos y físicos que provoca el síndrome de abstinencia.

Tanto Peele y Brodsky (1975) en su ya famoso libro Love and Addiction, así como la Asociación de Adictos Anónimos al Sexo y al Amor (Sex and Love Addicts Anonymous, SLAA, 2003) señalan que los síntomas del adicto al amor pueden resumirse en tres grandes sucesos: la asignación de una cantidad desproporcionada de atención y tiempo al otro en la relación de pareja (esta cantidad se describe como rayana en la obsesión), la construcción de expectativas poco realistas sobre la otra persona, y la negligencia en el cuidado de otros individuos que no sean la pareja.

Sin embargo, aunque esta es la forma más concluyente y evidente que adopta la adicción al amor, en la opinión de Retana y Sánchez (2005), hay registros de otros modos de manifestación o signos de la adicción a la pareja. Estos pueden expresarse en forma de alivio que se da cuando la persona siente tranquilidad y confort al lado del ser amado; o bien en forma de celos que se traduce en el temor desproporcionado a perder la pareja. En sus casos más extremos, los celos como variantes del amor adictivo se dan a través de lo que Lee (1976) denomina “amor maníaco” que no es otra cosa que la forma dolorosa en que se vive la pérdida de control real o imaginada del amado, tal y como lo señalan Díaz-Loving, Rivera y Flores (1989).

Otras manifestaciones del amor adictivo son las que tienen lugar a través de las variables fisiológicas de la adicción. Estas variables se enfocan a los aspectos de carácter orgánico que se manifiestan ante la ausencia del ser amado; como por ejemplo, la pérdida de sueño. También están las emociones negativas como pánico, enojo y temor que son conceptualizadas como variables de alteración anímica, así como los llamados “cuidados de la relación” que, como ya dijimos, reflejan los cuidados extremos hacia el ser amado, a sus gustos, su bienestar, etc., dadas en la interacción cotidiana. Por último está la conducta obsesiva que afecta como señala Gwinell (1999) el sistema conductual e intelectual del adicto a través de pensamientos, ideas y preocupaciones constantes y excesivas sobre el ser amado.

A estas conductas le siguen otras, tales como: la confusión del amor con la atracción física y la necesidad afectiva, el uso del sexo para el control del otro, la persecución del otro, su idealización y al mismo tiempo, el traslado de la responsabilidad ante los fracasos propios del dependiente, el aislamiento y/o ruptura de las relaciones interpersonales con amigos y familia, entre otros. En la misma línea, pero de forma ligeramente diferente, se encuentra la conducta de resistencia manifestada en forma de desafío emocional, cognitivo y conductual hacia el ser amado que es interpretada por numerosos autores como un reto a la adicción. Esto es lo que a grandes rasgos podemos decir del adicto y su comportamiento adictivo.

Ahora bien, según Yela (1997), entre los factores que promueven y propician la dependencia emocional podemos mencionar los factores biológicos (atracción física derivada de la activación de ciertas hormonas (estrógenos /andrógenos / oxitocina / vasopresina) o neurotransmisores como la dopamina, la norepinefrina y la serotonina). Estos factores biológicos y su combinación, generan motivaciones y emociones vinculadas con el deseo, la atracción y el apego del dependiente en su fase adictiva (Fisher, 2000).

En cuanto a los factores históricos, culturales y sociales, el autor señala a los ideales de belleza, noviazgo y matrimonio como factores que apuntan a la conceptualización de un amor normativo, en los que juegan un papel importante instituciones sociales como la iglesia, la escuela, la familia y los medios de comunicación. De la mano con éstos, se encuentran los factores interpersonales, llamados así por Yela en tanto involucran las experiencias, opiniones y comportamientos de amigos y familiares en torno al amor, los cuales pueden jugar un papel relevante complementario en el afianzamiento de la misma concepción normativa del amor que emerge de la cultura y la sociedad.

Por último, pero no menos importante, se hallan los factores individuales relacionados con la autoestima de la persona, sus habilidades comunicativas y su orientación sexual.
Como se puede notar, bajo las condiciones descritas con anterioridad, en opinión de Yela (s/f) la adicción a la pareja resulta una conducta insatisfactoria cuando las necesidades de afecto del individuo adicto tratan de ser satisfechas a través de una relación que impacta de forma no satisfactoria en el entorno laboral, amical y de pareja del sujeto adicto. Esto es lo que se conoce también en el argot especializado como “amor de déficit”, haciendo referencia al conocido concepto de Maslow en el que el autor define este amor como búsqueda en el amado de todo de lo que el adicto carece.

El amor de déficit, en contraposición así del amor del ser, provoca un estilo de relación de tipo ansioso- ambivalente que se caracteriza por una necesidad total del otro, una intolerancia extrema ante su ausencia y el despliegue de estrategias de relación consistentes en el cuidado del otro. A propósito de ello, en la SLAA (2003) se señala que el adicto al amor es alguien que depende de y está compulsivamente enfocado hacia el cuidado de la otra persona. Es en ese sentido que reafirmamos la idea de que el amor adictivo se define por la obsesión, la irracionalidad, la exigencia, la dependencia emocional, la inmadurez, los celos y –aunque en discusión aún por los estudiosos del tema- por la idealización de la pareja.

Desde el punto de vista de la socialización del individuo, una socialización autoritaria –o lo contrario, con límites muy débiles-, la baja autoestima, la inseguridad, el infantilismo psicológico, la ausencia de habilidades comunicativas y sociales, así como la asunción irreflexiva de las normas amoroso-sexuales impuestas por la sociedad, pueden propiciar el surgimiento de conductas adictivas en la pareja. También podemos mencionar como factores intervinientes otros de corte más social como son: la represión amorosa y sexual, los mitos románticos (idea de la media naranja, por ejemplo), las paradojas románticas a través de la dupla compromiso-independencia y el proceso de socialización romántica que va desde las experiencias amorosas propias hasta la apropiación de modelos amorosos provenientes de diversas fuentes.

Conclusiones: 

Como se ha podido observar, hasta ahora hemos descrito de manera muy breve las características del amor adictivo, sus modalidades y factores intervinientes; de la misma manera hemos intentado apuntar a la complejidad de este fenómeno a partir de su condición multicausal. Resulta evidente que el amor adictivo se enmarca conceptualmente al interior de una descripción de la relación de pareja como una relación enferma. Si tomamos en cuenta que Fromm (1956) definió la no adicción como la independencia emocional de los miembros de la pareja, dando por resultado una relación de pareja sana soportada en el crecimiento individual constante y el respeto a los interese propios, es claro que lo contrario (la dependencia o co-dependencia emocional) define a la relación de pareja como enferma.

Esto coincide con la propia conceptualización de adicción de la que hemos partido y nos parece un enfoque además muy claro para definir el peso de la adicción en la relación de pareja. Es por ello que en este ensayo hemos intentado deliberadamente evitar el uso de expresiones como “buena relación de pareja” o “mala relación de pareja” para nombrar lo que los estudiosos del tema definen como relaciones de pareja sanas o enfermas. En lo particular, aunque entendemos la utilidad de esta dicotomía para el estudio de las relaciones de pareja, encontramos mayor comodidad conceptual en estas últimas más que en las primeras. De esa manera, las relaciones de pareja sanas, en contraposición con las relaciones enfermas, incorporan un discurso que atañe más a la promoción del afecto sin opresión, la independencia con compromiso, la libertad con responsabilidad y la percepción del crecimiento, evolución y enriquecimiento personal debido a la presencia del otro, como factores que promueven el respeto, la comunicación sincera, basada en la sensibilidad, los valores y los intereses compartidos en la pareja.

Dado lo anterior concluimos que en la medida en que uno o ambos miembros de la pareja perciba una sensación de limitación o carencias en su persona, se sienta incompleto/a, vacío/a o triste, estaremos ante la presencia de un problema de amor adictivo. Pero pese a ello, insistimos, toda relación que presente este problema de adicción no se explica necesariamente desde su conceptualización como una relación insana. Para poder hablar de una relación insana es imprescindible que alguien en la relación salga dañado, es decir, que sea insatisfactoria para uno o para ambos miembros de la pareja. En cambio, en los marcos descriptivos del amor adictivo, sólo es necesario que la relación de pareja se sostenga en la figura del otro como “objeto” no como persona. Este objeto, en la psique del adicto, está llamado a llenar el vacío que sólo él siente. Se trata, como ya dijimos, de un vacío de atención, de seguridad y amor que revela un individuo emocionalmente vulnerable, con poca o nula confianza en sí mismo, que -con tal de llenar sus necesidades de amor- es capaz de descuidar otras necesidades propias para atender las necesidades de su pareja amada.

Si ello resulta satisfactorio para la relación de pareja y sus miembros, a partir de esto que hemos llamado co-dependencia, aún y cuando se manifiesten síntomas que pueden ser conceptualizados como adictivos, coincidimos con Yela en que si no hay insatisfacción a partir de ello, la relación de pareja, aunque adictiva, no debe ser sometida al juzgamiento social ni clínico como insana.

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