Duelo por pérdida de un ser querido

 

Por: Claudia Garibay Ostos y Georgina Daniela Ortega Lugo que son alumnas de la Maestría en Psicoterapia Gestalt de la Universidad Gestalt

INTRODUCCIÓN

Para un analista, saber si una persona está atravesando un duelo es un asunto un poco complicado. Básicamente porque las manifestaciones del duelo no son propiamente síntomas específicos de este proceso de desestabilización emocional; es decir, los síntomas del duelo son compartidos por diversas patologías. Además, como señala la literatura académica al respecto, el duelo es un proceso íntimo, subjetivo que sólo puede identificarse cuando el doliente pide ayuda. No obstante ello, los teóricos coinciden en que el duelo es un proceso normal y muchas personas lo salvan sin ayuda o intervención de un profesional.

La literatura especializada señala al duelo como “una reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc.”. Esta definición fue propuesta por Freud en 1917 y con algunas variaciones ha subsistido hasta hoy. Sin embargo, hay un fuerte debate sobre si el duelo es sólo una reacción emocional vinculada a la pérdida por muerte, o a la pérdida en general, lo que involucraría ampliamente a otro tipo de pérdidas, en función del significado que el objeto de ésta tenga o haya tenido para el doliente.

JUSTIFICACIÓN

Nosotros, en este trabajo, nos inclinamos por esta última acepción ya que consideramos crucial enunciar la posibilidad del duelo ante aquello que para el doliente es considerado como una pérdida irreparable e irreversible. Si bien la muerte de un ser amado resulta emblemática de este tipo de situaciones, lo cierto es que debido al grado de subjetividad que el concepto de duelo encierra, incluso al grado de variabilidad del proceso en cuestión para cada persona, el “objeto perdido” puede alcanzar una significación tal que doliente se sienta vacío, deprimido y sin saber qué hacer ante ello, o sea, sin saber cómo procesar la situación. En ese sentido, cualquier pérdida puede ser susceptible de generar un proceso de duelo en tanto el duelo se entiende como la respuesta normal a la pérdida, es decir, como una reacción dolorosa ante la pérdida en cuestión.

OBJETIVO GENERAL

Acompañar a la persona en crisis, favoreciendo el autoapoyo.

Es en este sentido que el duelo puede entenderse como una crisis, o sea, como un estado temporal de trastorno y desorganización que se caracteriza por la incapacidad del doliente para afrontar situaciones de una manera habitual (Caplan, 1974).

DESARROLLO

De La Fuente (2002) define al duelo como proceso emocional y conductual definido, sujeto a variaciones individuales que dependen tanto del carácter de la relación del sujeto con el “objeto perdido” como del significado que éste tiene para él dicha pérdida y del repertorio de recursos de que dispone para afrontarla. En ese sentido, es de considerar que no todos los duelos son iguales, ni que todas las pérdidas provocan necesariamente duelos.

En cualquier caso, cuando se habla de duelo nos referimos a un proceso normal en torno a la elaboración de una pérdida que tiende, como afirma Bucay (2008) a la adaptación y armonización de nuestra situación interna y externa ante esa nueva realidad.  Se  trata,  como  se  puede  ver,  de  un  proceso  que  busca  la  homeostasis emocional del doliente cuya finalidad es a su vez lograr la adaptación del individuo a la pérdida a la par que su reconducción a una nueva vida.

No obstante lo dicho, uno de los autores más citados en la bibliografía especializada sobre el duelo es Bowlby (1980) quien define al duelo como una serie amplia de procesos psicológicos, debido a la pérdida de una persona amada, cualquiera que sea su resultado. Bowlby se refiere, concretamente, a resultados positivos o negativos, es decir, a resultados que concluyen con una buena resolución de duelo, o a resultados que lo impiden. A propósito de ello Steen (1998) indica que el duelo es una oportunidad para el crecimiento significativo de la persona doliente y para desarrollar comportamientos desadaptativos o desórdenes psíquicos. Y es que en el duelo el “objeto perdido” continúa, como señala Freud (1917), dentro del mundo psíquico del individuo doliente ya que éste intenta retener el vínculo afectivo que lo une al objeto, en una especie de comportamiento libidinal hacia él.

Si el duelo transcurre normalmente se logra la readaptación al medio ambiente y la formación de nuevas relaciones en un tiempo que puede oscilar entre 6 meses y 1 año, tal y como afirma Lindemann (1944). Pero si el duelo se demora más que eso, puede haber un deterioro psíquico a largo plazo, lo que se puede manifestar a través de la intensificación de la sintomatología asociada a él como puede ser la vivencia crónica del dolor, la pérdida de interés en el mundo exterior, la incapacidad del doliente para escoger un nuevo objeto de amor y la imposibilidad para integrarse al trabajo productivo. Entonces podemos decir que estamos ante la presencia de lo que los especialistas llaman duelo patológico.

Por otra parte, Caruso (1990) habla del dolor como la defensa emocional del individuo ante la experiencia que el Yo vive como destructora. Ello hace decir al autor también que en el duelo se da un proceso de empobrecimiento del Yo a causa de la separación.

Este empobrecimiento se define por la posibilidad de ponerse en contacto con el “vacío” y soportar el sufrimiento y la frustración que trae consigo la ausencia del objeto amado. Por ello, afirmamos con Bucay (2008) que el proceso de elaboración de duelo puede concluir cuando al recordar lo perdido el doliente siente poco o nulo dolor.

La superación del dolor, entonces, es –como ya hemos dicho-­‐ un proceso. Aunque no todos los autores se ponen de acuerdo para definir las etapas del mismo, lo cierto  es que la bibliografía especializada resume el proceso en etapas que oscilan entre  un primer momento  de  confusión,  aturdimiento  y  dolor,  un  momento  intermedio  de reorganización, y uno final de aceptación de la pérdida. No obstante ello, hay autores que señalan que el duelo tiene 3 etapas (Grollman, 1986; Rando, 1988;  Bourgeois y Verdoux, 1994; Filgueira, 1995; Valdés y Blanco, 1997; Nainmeyer,  2000, citados en Ochoa de Alda, 2002); otros hablan de 4 etapas (Bowlby, 1983; Fernández y Rodríguez, 2002), y hay otros autores que insisten en que el duelo tiene  5 etapas (Kübler-­‐Ross, 1974; Parkes, 1964).

Pero más allá de estas diferencias menores, es importante destacar que el proceso de elaboración de la pérdida, además de doloroso, resulta un proceso complejo en el que entran a jugar factores diversos tales como: sentimientos de dolor, sensaciones físicas (dificultad para memorizar, incredulidad, pensamiento obsesivoides), alteraciones perceptivas como alucinaciones, ilusiones, fenómenos de presencia, y por último, alteración de la conducta (llanto, anorexia, hiperfagia, alteraciones del sueño, distracción, atesoramientos de objetos, etc.). Cada individuo desarrolla los síntomas en función de la forma en que afronta su propio duelo, su personalidad y recursos para hacerlo, el apoyo o no del entorno familiar, la intensidad de la relación que mantuvo con el objeto de la pérdida, entre otros. Esto nos lleva a concluir dos cosas: la primera que ningún duelo es igual a otro a pesar de la universalidad del dolor, y la segunda y más importante: que el duelo no es un trastorno psíquico, tal y como bien señalan Lindemann (1944) y Macías et al (1996), pero que puede conllevar a él si se trata mal ya sea por parte del terapeuta como por parte del doliente mismo.

En estos últimos casos se encuentran los llamados duelos anormales o patológicos, mismos que según Pangrazzi (1993) y Filgueira (1995) se diferencian del duelo normal o natural por la intensidad y la duración prolongada de las reacciones emocionales presentadas. En opinión de Abegózar y Zacarés (1994) y Lafuente (1996), estos duelos patológicos pueden clasificarse en crónicos, reprimidos y aplazados. O bien, como señalan Fernández y Rodríguez (2002) y Pérez et al (2000) si conllevan una idealización del, (o identificación con) el difunto, o cuando el paciente presenta riesgos a la soledad o no cuenta con los recursos emocionales adecuados para enfrentar la pérdida,  o cuando la familia o la cultura impone el silencio sobre la pérdida (casos de suicidios, enfermos de SIDA, etc., que hacen pensar en pérdidas socialmente inaceptables), o cuando –aunque menos frecuente-­‐ se da la aparición de euforia en el doliente. En estos casos, concretamente, se precisa de una intervención terapéutica, y por  supuesto, en aquellos otros en los que el doliente mismo lo solicite.

La intervención terapéutica, en ese sentido, debe enfocarse a ayudar al doliente a realizar un esfuerzo personal que le permita finalmente recuperar la libido. Bowlby (1997) ligó el desarrollo del duelo a su Teoría del Apego. Para este autor el apego es un mecanismo biológico de protección cuya finalidad es asegurar la supervivencia del individuo y la especie; al haber una amenaza de ruptura (como es el caso de una pérdida), la reacción psíquica que genera no es más, en palabras del autor, que una respuesta a dicha separación. Es por ello que el terapeuta debe reconducir el proceso de dolor y sufrimiento a una etapa de afrontamiento de la pérdida que posibilite reorganizar la vida a partir de aceptarla. Parkes (1964) incluso va más allá y define al duelo como un proceso de transición psicosocial que implica cambios vitales que requieren que las personas revisen sus concepciones del mundo tales como los hábitos, las reglas, los rituales, las creencias, etc. Esto nos da la idea de que la terapia no sólo debe enfocarse al dolor, sino al reordenamiento cognitivo del doliente. Mientras más importantes y numerosas sean las reglas, los hábitos y las creencias a cambiar, más doloroso y riesgoso -­‐en términos de inversión de energía emocional y tiempo-­‐  será el proceso mismo de recuperación.

ETAPAS DEL DUELO

Para Kûbler-­‐Ross (2007).

Primera etapa del duelo: la negación.

La negación es, pues, una resistencia a la realidad. Esta etapa es importante y muy útil, porque sirve de amortiguador con respecto al impacto producido por la dura realidad. Ante cualquier pérdida y separación incómoda o dolorosa, tendemos a echar mano de este reflejo de negación, y ello puede durar bastantes minutos, horas, unos cuantos meses, incluso años.

Por eso es importante respetar esta fase; lo cual no significa que sea preciso alentarla, perpetuarla, porque entonces bloquearíamos el acceso a la etapa siguiente.

Segunda etapa: la rebelión, la cólera, la protesta.

Esta segunda etapa del duelo es importante, pues, porque nos permite comprobar si podemos o no hacer que vuelva a nosotros el objeto perdido. Y cuanto más fuerte sea el vínculo, tanto más intenso será el enojo.

Tercera etapa: el miedo.

Poco a poco, vamos integrando la realidad, tomamos conciencia de la pérdida, y en ese momento podemos sentir miedo, dudar, experimentar un sentimiento de incertidumbre, de inquietud, incluso de pánico.

Esta fase es importante, y debemos recordar que el miedo no se racionaliza. Es preciso poner protecciones para pasar a la fase siguiente.

Cuarta etapa: el regateo.

Se trata de transacciones internas.

Esta etapa es, por tanto, tan importante como las precedentes. Debemos respetarla, pero no prolongarla de manera arbitraria. Todos somos vulnerables en esta fase. La trampa consiste en alimentarnos de falsas esperanzas.

Esta fase, si no se ve frustrada, debe conducirnos, de manera absolutamente natural, a la etapa siguiente, al momento que tememos desde el principio.

Quinta etapa: la tristeza.

Es la depresión consecutiva a la integración del acontecimiento y su lote de sufrimiento. Este momento de depresión no es patológico, porque conocemos la razón por la que sufrimos. Se presenta a raíz de una pérdida concreta y sobrevine después de distintas fases. Entramos verdaderamente por vez primera en contacto con la pérdida.

Esta quinta etapa es particularmente importante, porque nos encontramos en el Corazón del dolor y en el dolor del corazón. Tenemos necesidad de sentirnos Apoyados, de tener a alguien a nuestro lado: alguien que adopte una distancia Emocional  justa,  alguien  que  sea  capaz  de  escuchar  nuestro  dolor  sin  intentar apropiárselo, de guardar silencio compasivo que nos haga sentir que, a pesar de nuestro sufrimiento, pertenecemos a la comunidad humana.

Cuando se trata de grandes sufrimientos, una persona que no esté acompañada se arriesga a ser presa de las patologías del duelo, pérdida del sentido de la vida: suicidio, solicitud de eutanasia.

Con el debido acompañamiento, esta fase ineludible de tristeza, de depresión, de aceptar la pérdida, nos abre la puerta a la aceptación.

Sexta etapa: la aceptación.

Cuando llegamos a este punto, nos encontramos en la fase de la madurez.  Ya no luchamos contra corriente, ni tampoco nos resignamos, porque eso sería despreocupación.

Podemos dar un sentido a nuestro sufrimiento, lo cual nos permite centrarnos en el sentido de nuestra vida.

Podemos aceptar la pérdida y reestr4ucturar nuestro tiempo en unción de ella.

Podemos hablar con alma de la pérdida, acceder a nuestras emociones sin sentirnos abrumados.

BLOQUEOS EN EL CICLO GESTALT DE SALAMA DE UNA PERSONA DE ACUERDO A LA ETAPA DEL DUELO

NEGACIÓN: 1-2-3-4-5-6-7-8

CÓLERA: 3-8

MIEDO: 3-4-8

REGATEO: 3-4-6-8

TRISTEZA: 3-4-8

ACEPTACIÓN: 4

 

CONCLUSIÓN

A continuación, elaboramos de manera general una aproximación a la finalidad de la intervención terapéutica con respecto al duelo, y lo hacemos de manera general porque de la misma forma que el duelo es individual y subjetivo, la terapia debe serlo también para  lograr  resultados  adecuados  en  el  menor  tiempo  posible.  No  obstante  ello, podemos decir que en la terapia, como afirma la psicóloga Magdalena Pérez (1999) se da un proceso de transformación del doliente que le sirva para acceder a una nueva identidad. Para ello, la autora propone varios pasos encaminados a la evaluación del duelo, ya que se debe realizar un perfil del duelo del doliente para poderlo intervenir de un  modo  preciso  y  adecuado.  En  la  construcción  de  este  perfil  el  terapeuta  debe examinar si existen historias de pérdidas previas del doliente y la manera en que lo ha afrontado antes, las defensas y estilos de afrontamiento que presenta el individuo, su contexto biográfico, familiar y hasta cultural, y por último no debe dejar de aplicar los cuestionarios de duelo para evaluar la presencia de indicadores de duelo de riesgo. Víktor Frankl (1946), por su parte, se enfoca en la logoterapia como herramienta de intervención psicoterapéutica. Desde el enfoque humanista, el autor se centra en el acto de dar sentido ya que asume que aún en las circunstancias más miserables y difíciles de un individuo, la vida conserva cierto significado; ésta es a su vez la motivación del individuo para vivir. Otra herramienta terapéutica es la llamada tanatología (en el caso de la pérdida por muerte de un ser querido) donde el paciente debe hablar de las circunstancias que llevaron a la pérdida y de la pérdida misma a través de las técnicas de la terapia Gestalt que se enfocan en el contacto consigo mismo y en la posibilidad de autodescribirse.  De  esta  última  expresión  es  representativo  el  trabajo  de  Elizabeth Kübler-­‐Ross (1974).

Así entendidas, las terapias son herramientas de ayuda que no sólo pueden provenir de un especialista, aunque es lo más recomendable, sino también de un apoyo humano cualquiera –siempre y cuando éstas cumplan ciertos requisitos. La literatura al respecto es amplia, así como la de autoayuda; sin embargo, lo que aquí se presenta parte de la terapia profesional como potencial de ayuda adecuado. Las terapias pueden recrear tanto técnicas exploratorias como técnicas de intervención; en las primeras se busca el perfil del duelo para determinar las áreas de trabajo, y en las segundas se  utiliza material como fotos, cartas, videos, objetos, dibujos, u otros recursos como el uso del lenguaje evocador (llamar a las cosas por su nombre), los role-­‐playing, la  imaginación guiada, los rituales, etc.

Las terapias pueden ser individuales, familiares o en grupos y cada una de ellas presenta características comunes y específicas. Nienmeyer, en su libro Aprender de la pérdida: una guía para afrontar el duelo, 2002, introduce algunas que por cuestión de espacio no podemos enunciar aquí, pero que sin dudas ofrece al terapeuta una guía precisa de cómo conducirlas en cada caso. En este trabajo nos enfocamos a la técnica.

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