Dependencia y codependencia entre el paciente y el terapeuta

Por: Nora Patricia Téllez Sánchez
Escrito el 07/02/02 a 10:40:35 GMT-06:00

Para comenzar este ensayo, hay que tener presente que es responsabilidad de todos y cada uno reconocernos  frente a otro. Tarde o temprano nuestra condición será la de ser pacientes y requerir de la intervención de los demás, con o sin nuestra voluntad, para enfrentar aquellas cosas que no nos gustan, o que son difíciles de sobrellevar, o simplemente compartir algún éxito. Para ello es necesario saber qué es un paciente y hasta dónde la intervención de propios y extraños puede involucrarse en la condición de su estado emocional.

Paciente es un ser humano que está sometido a un tratamiento determinado, en donde ser paciente es padecer para conseguir sanar las molestias.

Para aclarar lo anterior, quiero comenzar por mencionar que todos por principio somos seres humanos y nos define nuestro ser  y hacer; podemos utilizar cualquier calificativo que nos distinga  con los que compartimos la vida, y en la medida de lo posible, la libertad de vivirla; es por ello que la Psicoterapia ayuda al humano a retomar su libertad emocional, psicológica, a que ejerza su voluntad, y por qué no, sus decisiones morales y espirituales  también.

En el otro lado, tenemos al Terapeuta, quien es la persona que acompaña al paciente a lograr sus cambios; de ninguna manera, el terapeuta es un elegido de Dios, ni el que todo lo sabe y todo lo resuelve, ni mucho menos quien sea el dador de la paz interior del paciente. Tampoco se ve, como el sometedor. Sin embargo, la sociedad hace de los Psicoterapeutas el depositario pleno de la salud psicológica de sus pacientes, y hasta no demostrar lo contrario, el paciente se lo cree y lo acepta por encima de sus propias limitaciones.

Esta situación contrario de ser privilegiada, compromete de tal forma la relación entre ambos, que la coloca en un riesgo mayor, el de que, al no resolver el conflicto de su paciente, será culpable ante su conciencia. Las expectativas que generalmente tenemos al asistir a una sesión terapéutica, de generar cambios rápidos y sin dolor, nos alteran los sentidos cuando las relaciones entre paciente-terapeuta mantienen una dependencia, o lo que es peor una codependencia.

Por parte del terapeuta, en ocasiones pretende apoyar demasiado al paciente, que en ocasiones dice que “nosotros creemos que puede ser…” , esta la  respuesta a la situación que traes, y el paciente se ve obligado a decir alguna respuesta que concilie ambos lados. Y de aquí me surge una duda; ¿hasta dónde el ejercicio terapéutico frente a su paciente puede intervenir en su proceso?. Esta respuesta puede ser variable hasta que no intervenga en el crecimiento del consultante y en su auto apoyo, pues de no ser así se impediría que el paciente experimente y confronte su realidad. Con ello se obtendiría la creación  de falsas expectativas, los abusos, los excesos que trascienden en errores de procedimiento, que requiere más que nunca de aciertos.

Este confrontar y conciliar las realidades derivarían en una buena terapia, la mínima esperada entre paciente-terapeuta. Es algo que parece que entendemos los Psicoterapeutas, sin embargo, por “deformación”  (que también compete a los pacientes), a veces las sensaciones de superioridad o de ser indispensables nos colocan en una posición contradictoria.

Precisamente el conflicto principal del terapeuta frente a su paciente, es poder conciliar con un orden que no le corresponde; sólo lo queda esclarecer hasta donde le sea posible la realidad de los hechos. Su labor profesional frente al paciente consiste en integrar al ser humano de enfrente, lo más apegado a la metodología y consecuentemente con conocimiento de causa, ofrecer los lineamientos de una mejora continua. Profesionalmente hablando, esa es su tarea; sin embargo, muchas veces asume o acepta responsabilidades que no le competen, como crear una figura de protector, padre o madre, o una red de apoyo que está presente ante cualquier circunstancia. Por otro lado, como personas con una vida privada, tenemos límites que no pueden sobreponerse a las demandas de los pacientes.

Pudiera ser que los límites no se establezcan bien debido a la forma en cómo se estableció el contrato, más que en poner limites entre ambos. De una vez por todas hay que terminar con las condiciones melodramáticas de que si le decimos que “no” al paciente, se pueda ofender o echar por la borda el crecimiento que había obtenido hasta ese momento. Tal pareciera que decirlo activaría la guillotina y no hubiera posibilidad de hacer nada.

Si bien es cierto que existe un contrato hablado entre paciente-terapeuta, ambos se comprometen también a otros valores intrínsecos para que se una buena relación terapéutica, como es el de existir la confianza suficiente entre ambos para que exista la posibilidad de ayuda. También existen otros factores como la constancia del consultante, que a corto y mediano plazo se verán los resultados y el crecimiento de los dos juntos.

La relación de confidencialidad  o intimidad que exista entre ambos, es una manifestación plena y desinteresada por parte del paciente, pues éste se abre, expresando desde lo más  vulnerable, hasta lo más noble de su ser.  No es de dudarse que el paciente transfiera sentimientos, o haga transferencias de seres queridos con el terapeuta, o le de un valor emotivo más allá de lo esperado. Este tipo de transferencias no sería poco probable, pues en él o ella descarga sentimientos, emociones, comparte todo su ser interno sin ser juzgado, culpado, criticado o señalado.

Hasta ahora he mencionado el lado de la dependencia del paciente hacia su terapeuta, y sin embargo también  existe la contra transferencia, en la cual la imagen que se hace de la otra persona es de adversión. Hay que tener cuidado si se llegase a recibir alguna sospecha de este tipo, y más de no caer en el juego del consultante, de verlo como la autoridad, la persona que “me hace sufrir”, o la imagen que detesto de mi infancia y la traspaso a mi terapeuta, pues lejos de ayudar al auto apoyo, se llega a una lucha interna de poder.

Pero no toda la responsabilidad recae en el paciente, en muchas ocasiones el terapeuta puede dar pauta a que las sesiones ya no sean tan emotivas como antes, o que ya no tengan el efecto de lograr cambios y madurez en el paciente, y las causas pueden ser porque el terapeuta puede confluir con su consultante, éste ya no avanza por cualquiera que sea la razón, el terapeuta empuja el río o no respeta el ritmo del otro, cuando se cambian los roles de terapeuta a paciente, se mezclan sentimientos de amor o pasión entre alguno de ellos, porque no lo estimula cuando tiene algún logro o porque ha incurrido en algún error, como de criticar, juzgar o censurar.

Y otro suceso que sería lamentable, es que por la cuestión económica, no lo deje “volar”, pues sus ingresos se podrían ver afectados. Podría ser fácil caer en el círculo vicioso de la codependencia cuando ambos jueguen el mismo juego, les funcione y de alguna manera lo sepan y continúen con ello, para disfrazar alguna situación que ambos no quieren ver, o por costumbre de asistir a un lugar en donde me escuchan, pago y hago como que hago sin obtener alguna ganancia secundaria.

La relación entre ambos es conveniente que termine cuando el paciente sienta que ya ha llegado a las metas que se planteó, y puede seguir logrando más. Y por parte del terapeuta, cuando ve en el consultante el auto apoyo por el cual llegó y la madurez de saber discernir quién es él, y quién su medio; lo que le pertenece y lo que no quiere.

Hay que tener presentes las 4 etapas por las cuales pasa la relación paciente-terapeuta:

1)Indiferenciación: Es el estado de ansiedad y angustia de ambos, pues aún no hay un contacto pleno.

2)Identidad: Se inicia el conocimiento entre ellos,comienzan a usar un lenguaje común y a encontrar sus semejanzas o ideas en común.

3)Influencia, control o competencia: Generalmente se da con quien necesite  afianzarse, y paradójicamente, se busca la fusión con el otro.

4)Intimidad o colaboración: Ya se conocen, se aceptan como son y se hace terapia realmente.

Las cuatro etapas descritas son con la finalidad de no confundir la dependencia y codependencia con las fases normales por las que pasan los integrantes de la terapia. Para evitar esto, no hay que olvidar estar aquí y ahora con el paciente con amor, respetando su individualidad, interesándose por su crecimiento, madurez, dándonos cuenta de cómo hacemos también las cosas.

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