Contacto libre y responsable

Por: Psic Fernando Romero Guzmán

¿Dónde debo buscar la luminación?
Aquí.

¿Y cuándo tendrá lugar?
Está teniendo lugar ahora mismo.

Entonces, ¿por qué no la siento?
Porque no miras.

¿Y en qué debo fijarme?
En nada. Simplemente mirar.

Mirar, ¿qué?
Cualquier cosa en la que se posen tus ojos.

¿Y debo mirar de alguna manera especial?
No. Bastará con que mires normalmente.

Pero, ¿es que no miro siempre normalmente?
No.

¿Por qué demonios…?
Porque para mirar tienes que estar aquí, y casi siempre estás en alguna otra parte.(1)

En la actualidad y desde hace algún tiempo ya, se ha encontrado que las filosofías perennes -término acuñado por Aldous Huxley-, representadas por el hinduísmo, el taoísmo, el Budismo Zen, la filosofía mesoamericana, e incluso, el nuevo pensar occidental derivado de la física cuántica, entre muchas otras; son una alternativa al modo de pensar específicamente occidental heredado de Descartes y Newton.

La relevancia de esta postura para el hombre y la humanidad, es la posibilidad de tener una apertura y derribamiento de las fronteras en la manera de concebir, pensar y sentir al hombre, es por ello que en mucho, se piensa a la Psicología y dentro de ella a la psicoterapia, como la “Última Religión”.

Desafortunadamente, los prejuicios personales e ideológicos constituyen un obstáculo para la formación de un criterio psicológico, esto fundado en las diversas escuelas psicológicas, donde cada una tiene su forma específica de proceder en terapia y de hacer psicología, así tenemos que existe el conductismo, el psicoanálisis, el existencialismo, el humanismo, lo transpersonal, etc., además de que cada una se subdivide en muchas más. Algunas de ellas llegan a plantearse como la única opción, como la ostentadora de la verdad y ahí el primer problema; sin embargo, el conflicto no radica en la mera presencia o existencia de todas, ya que en conjunto intentan conocer al hombre, entenderlo, explicarlo y brindar opciones en su beneficio; y todas, poseen un grado de verdad, pero no la verdad última.

Aterrizando lo anterior al estudio de la psicoterapia, en la universidades se nos enseña sólo una forma de proceder. Ante las necesidades aparentes y que no se quieren aceptar, surge la preocupación por hacer algo y en opinión de Watts (1987), la psicología no se debe quedar fuera de la “revolución” que ha afectado a la ciencia, necesita una visión y un lenguaje común que le permita ver al hombre.(2)

Particularmente, y con respecto a la psicoterapia, Watts declara que este paralelismo entre la Psicoterapia occidental y la Filosofía oriental o “Formas de Liberación del Oriente”, buscan provocar cambios y transformar la conciencia, alterando el sentir interior de la propia existencia, y la liberación del individuo de los condicionamientos sociales.

Así vemos que cuando el terapeuta está a favor de la sociedad su trabajo estará encaminado ha adecuar al individuo ante las exigencias sociales por medio de la represión de los impulsos individuales, el resultado es una “psicoterapia oficial”, herramienta de ejércitos y burocracias, que se dedican al lavado del cerebro humano, lo que provoca un conflicto entre lo que el individuo es realmente en sus potencialidades y lo que los demás dicen que es, se confunde el propio ser con el rol que la sociedad otorga.

Por el contrario, para Watts, el terapeuta que se interesa por el individuo se ve obligado a formular la crítica social y ha de auxiliar al individuo para que éste se libere de sus condicionamientos sociales. Su tarea ha de ser reconciliar el sentimiento individual y las normas sociales, sin afectar la integridad individual, ayudar al individuo a ser él mismo y a lograrlo por sí mismo; es decir, ser-en-el-mundo.

Lograrlo implica acrecentar su conciencia, iniciar su liberación, que no es necesariamente el regreso a estados primitivos como muchos piensan, ni es la disminución del ego, sino todo lo contrario, es ascender a una conciencia expandida de la realidad. Hacer psicoterapia individual es pues, una forma de hacer psicoterapia cultural.

De esta forma, tenemos que por ejemplo, Yalom (1984)(3) y Ellenberger (1977)(4) plantean que el humanismo (movimiento del potencial humano) se orienta hacia el crecimiento, holísticamente trabajan con la totalidad de la persona, es decir, re-unir la psique y el soma para revelar al organismo total, ven al individuo con la capacidad de autorrealizarse y la terapia humanista se dirige en forma predominante a los niveles del Ego y la Existencia. Por su parte, el existencialismo psicoterapéutico, es una orientación dinámica que se centra en las inquietudes enraizadas de la existencia del individuo, siendo su preocupación la ciencia del ser (ontología), y la existencia de ese ser concreto que está sentado frente al analísta (dasein) afirman que al negar la existencia de ese ser, falseamos la realidad al no comprometernos en la relación terapéutica, ya que el hombre está ahí presente, en un tiempo y espacio conscientes en que converge su existencia en ese momento dado con la existencia del analísta.

El terapeuta existencialista concibe al hombre como el ser que puede ser consciente y responsable de su existencia para llegar a convertirse en él mismo, es decir, se concibe al hombre como un “ser en sí” y “ser por sí”, formando un todo unitario con el mundo o ser-en-el-mundo. Y su objetivo es que el paciente se dé cuenta o tenga autoconciencia de su existencia real, de su ser, y así percibirá sus potencialidades para actuar de acuerdo a ellas.

A este respecto, son importantes lo que Yalom identifica como las cuatro preocupaciones esenciales de la vida:

  • la muerte
  • la libertad
  • el aislamiento
  • la carencia de un sentido vital (significado de la vida).

Bajo esta visión, se considera que es con nuestras creencias como creamos la y nuestra realidad, “es real lo que creemos”. Sin embargo, podemos pasar detrás de nuestra máscara alienada y separada para vivenciar la unidad y la interconexión en toda vida y de esta forma abrir el camino hacia la transformación personal que conduce a la trascendencia. La existencia implica pues, un trascender el pasado y el presente en dirección al futuro, orientarse fuera de los límites de las coordenadas del tiempo y el espacio establecidos.

En consecuencia, tenemos que el hombre moderno escapa de sí mismo y de su libertad, llevando a una crisis humana caracterizada por la falta de fe en el hombre y la destrucción de las raíces de nuestra cultura. Es por ello que no podremos comprender al hombre y su naturaleza, si antes no lo consideramos en su totalidad.

Para ello se necesita de una Ciencia del Hombre y no de una ciencia que hable del hombre, no una construcción de conceptos teóricos sin sentido, sin vida; sino una manifestación de lo que es la naturaleza humana y el ser humano, donde el hombre hable del hombre como uno y lo mismo.

Una “Ciencia del Hombre” descansa sobre la premisa de que su objeto, el hombre, existe y de que hay una naturaleza humana que caracteriza a la especie humana, en este sentido la Ciencia del Hombre construye un “modelo de la naturaleza humana”, una ciencia del hombre, una nueva orientación, una filosofía que sea parte de la vida y no de la muerte, tal es la propuesta de Fromm (1992a, p. 33).(5)

Según él, para lograr esta Ciencia del Hombre necesitamos de una conciencia humanista, que es una re-acción de nosotros ante nosotros, es la voz de nuestro verdadero yo que nos vuelve a reconciliar con nosotros mismos, para vivir productivamente, para evolucionar con plenitud; es decir, para llegar a ser lo que somos potencialmente.

Fromm (1992b) señala que ser consciente querrá decir la necesidad de suprimir las ilusiones para entrar en un proceso de liberación, que siendo una característica del ser plenamente humano se manifiesta en el amor, la ternura, la razón, el interés, la integridad y la identidad. Así, esta resurrección será una nueva significación, no la creación de otra realidad después de la realidad de esta vida; es la transformación de esta realidad encaminada a aumentar la vida, resurrección que se da en el acto de esperanza y de fe del aquí y el ahora.(6)

Y agrega que actualmente y para muchos, no hay esperanza de poder hacer algo, de que todo está acabado; sin embargo y para muchos otros, todavía es tiempo en que se pueden hacer muchas cosas, sólo que éstas deberán tener su ritmo de crecimiento, de esta forma se empezará a cambiar la visión de una desesperanza en la humanidad y el hombre a tener nuevamente esperanza por toda la creación.

Por consiguiente, tener esperanza significa, estar presto en todo momento para lo que todavía no nace, es un estado, una disposición anímica, una forma de ser, es una disposición interna, un intenso estar listo para actuar. La fe y la esperanza no es predecir el futuro, sino la visión del presente en un estado de gestación, donde esperanza y fe van juntas, se acompañan. Esperanza que al vislumbrar el presente con nuevos ojos va creando una humanidad y un hombre distinto, en completa integración.

Un ejemplo de esta actitud es la Ética Humanista (Fromm, 1992a), que contempló al hombre en su integridad física y espiritual, creyendo que el fin del hombre es ser él mismo y que la condición para alcanzar esa meta es que el hombre sea para sí mismo. De esta forma, el amor por uno mismo y la afirmación de su verdadero yo humano, son los valores supremos que deben regir al hombre.

Estos valores se construyeron sobre la base de que para saber lo que es bueno o malo para el hombre, debe conocerse primero la naturaleza del hombre. En su conjunto, estos valores buscan que el hombre sea la realización de sí mismo y de sus potencialidades.

Con ello tenemos que la Ética Humanista, es la ciencia aplicada del “arte de vivir”:
su objeto es el proceso de desarrollar lo que uno es potencialmente.

En el arte de vivir, el hombre es al mismo tiempo el artista y el objeto de su arte. Según Fromm este “vivir”, tendrá que sujetarse a una ética cuyos valores le permitan el pleno desarrollo, de una manera biofílica (amor a la vida) y no necrófila (amor a la muerte).

En ese intento por buscar y provocar libre y responsablemente el disfrute de la vida en el otro y en el propio terapeuta, y acorde a las ideas señaladas anteriormente:
estar aquí y ahora, en este preciso instante o presente, dentro de una filosofía humanista-existencial y bajo un preceder fenomenológico la Psicoterapia Gestalt, se propone como una forma de ser, como una filosofía de vida que puede encaminar al otro al encuentro consigo mismo

En esta línea Salama (1997, p. XV) afirma:
“A pesar de que ninguna otra terapia puede trabajar en el allá y entonces, se señala a la Psicoterapia Gestalt como la terapia del aquí y ahora por poner el acento en lo que está pasando en este preciso momento, que siempre es continuo, tomando en consideración el tipo de contacto que efectuamos, tanto con nosotros como con el otro”.(7)

Este ambiente de conocimiento se desarrolla en un espacio y ambiente determinado y dentro de un proceso terapéutico y Salama (1999, p. 157) dice: “Defino a este proceso como un intercambio comunicacional, refiriéndome específicamente a todo lo que se expresa verbal y no verbalmente, entre una persona que presenta algún tipo de asunto pendiente o problema, a quien llamo el “consultante” y otro, que es el experto en técnicas vivenciales, definido como el “terapeuta”, durante un tiempo específico y en el que el segundo acompaña al primero con interés paciencia y afectivo, siguiendo una metodología específica con técnicas adecuadas que aplicará en el momento preciso con el objeto de que el primero aumente su darse cuenta y disminuya a través de ejercicios experienciales sus creencias falsas, que son las causantes de las neurosis.”(8)

Abstraigo de la cita anterior, las ideas que se relacionan directamente con el proceder ético en psicoterapia:

  • … proceso como un intercambio comunicacional…
  • …  entre … “consultante” y … “terapeuta”,…
  • … durante un tiempo específico …
  • … el segundo acompaña al primero con interés paciencia y afectivo,…
  • … siguiendo una metodología específica con técnicas adecuadas que aplicará en el momento preciso … con el objeto de que el primero aumente su darse cuenta y disminuya … sus creencias falsas, que son las causantes de las neurosis.”

Como se puede ver y al igual que en cualquier relación entre dos personas, se pone en juego el contacto entre dos personas, cada una con su mundo y sus creencias, con sus experiencias y su forma particular de vivir la vida, pero ¿qué sucede cuando ambos empiezan a conocerse?

Seguramente se dará una lucha inconsciente por reafirmarse cada uno ante el otro y esto originado por la alineación propia en su condición de ser humano y por la incorporación de valores falsos que han sido creados; si bien es cierto que el ser humano y en este caso el paciente y terapeuta no son seres perdidos; si es cierto, que su proceder muchas veces es incongruente con su verdadero sentir, y aquí cabe preguntarse, ¿existirá el interés por liberarse? Y si es así, ¿cómo?, entra entonces en juego todo lo que sucede al interior del consultorio.

Más aún de precisar lo que sucede al interior del consultorio, sí es importante considerar la filosofía que impregna el proceder. Las psicologías engendradas de un desequilibrio ético son desequilibradas igualmente. El papel de los psicólogos y terapeutas actuales es de hacer germinar, por una revolución ética, y por una revolución de la conciencia, una psicología justa, es decir, que integre en equilibrio dinámico lo ideacional y lo sensato, y contribuya a aprovechar la presente crisis para dar paso a un nuevo ciclo histórico más ordenado (Gómez, 1996).

Esta crisis se puede entender como un desorden ético, donde dos sistemas de valores ideacionales (predominio de lo espiritual, relegando lo sensorial y lo material), y sensatos (la importancia de lo sensoromaterial muy por encima de lo espiritual) están en desequilibrio. Considerando la historia de Occidente se hacen patentes patrones cíclicos en los que, por turnos, han imperado ya equilibrios o ya desequilibrios (inclinados bien a lo sensato, o bien a lo ideacional). La crisis actual, el desequilibrio ético de hoy, manifiesta un olvido de, e incluso un repudio hacia lo interior, conciliador, religioso, sintetizante, intuitivo, cooperador, integrador, espiritual; mientras que lo exterior, expansivo, agresivo, científico, analítico, competitivo y material es lo dominante y deseable: tal es nuestro presente desequilibrio en los valores ideacionales/sensatos.

Así, podríamos decir que, quiera o no el terapeuta, en su trabajo se da una transmisión de valores directa o indirectamente a través de gestos, ademanes, sugerencias, signos de aprobación o desaprobación, etc. Si, como se ha señalado, no podemos escapar a este fenómeno, sería conveniente que empezaremos a analizar nuestra actividad terapéutica y enjuiciarla para poder decir si estamos o no, y en qué medida, violando los derechos de nuestros pacientes al tomar nosotros decisiones acerca de lo que se debe o no modificar en sus personas o vidas.

Por consiguiente, todo proceder guiado por una filosofía, desde mi parecer, habrá de estar guiado por valores propios a la condición del ser humano, que posibiliten su crecimiento y no su estancamiento. En este sentido, el proceder terapéutico de la Gestalt, al considerar la experiencia particular, se guía por cuatro valores supremos que son: Autoestima, Honestidad, Responsabilidad y Respeto. Cuatro ejes que, llevados a la propia vida y existencia, enmarcan no sólo la vivencia inmediata, sino también el quehacer profesional y la generación de conocimiento bajo un código que dé protección a ambos.

Pero, ¿de qué protegerse o para qué proteger?
Esta pregunta no cabría de ser cierto que el hombre realmente supiera su misión en la vida, si contará con una praxis filosófica en su ser en sí y su ser en el mundo, sin embargo, al esta alienado de sí mismo, concientemente se impone a sí mismo límites y direcciones en su proceder, en este caso, dentro de la psicoterapia. Aunque todo ello no es del todo negativo; es decir, ante la diversidad, la unicidad y la realidad y experiencia independiente y única de cada ser humano y en busca del ser plenamente libres, esta sujeción a los valores supremos y a una ética, puede ser un recurso que dé integridad a niveles más universales.

Aquí rescato una consigna ética en relación al psicólogo y que yo me perito extender al contexto terapéutico, por sus planteamientos integradores, humanos y científicos: “El psicólogo cree en la dignidad y en el valor del ser humano individual. Asume el compromiso de aumentar la comprensión que el hombre tiene de sí mismo y de los demás. Al mismo tiempo que se esfuerza por lograr este objetivo, el psicólogo protege el bienestar de cualquier persona que solicite sus servicios o el de cualquier sujeto, humano o animal, que pueda ser objeto de su estudio. No se vale de suposición o de su relación profesional para fines incompatibles con estos valores ni permite conscientemente que otras personas abusen de sus servicios. Así como exige para sí mismo libertad de investigación y comunicación, en la misma medida acepta la responsabilidad que esa libertad le confiere; responsabilidad de ser competente en las áreas que afirma dominar, responsabilidad de ser objetivo en los informes de sus hallazgos, y responsabilidad de tener en consideración tanto los mejores esfuerzos de sus colegas como los intereses de la sociedad.”(10)

Como se puede leer, todo este proceder no valdrá de nada si no están regidos por valores que sean congruentes con el propósito principal que es el bienestar del hombre y no hablo sólo aquí de aquel que como paciente pone en más del otro todo su ser, sino también del que recibe este poder, que bien puede ser para dominar o para permitir un crecimiento sano y positivo para el otro.

Éste es un aspecto al que considero le deberíamos de dedicar tiempo de análisis los terapeutas y quienes tenemos a nuestro cargo la formación de los futuros profesionales de la psicología, de la psicología clínica, de la psicoterapia. Ésto si es que queremos formar profesionales y no técnicas en psicoterapia, con todo lo que esto implica. Espero que haya quedado sembrada una semilla que fructifique en reflexión y análisis del trabajo terapéutico.

Referencias Bibliográficas

1. Mello, A. (1991). “Presencia”, en Morales, P. y Mora, C., BIO-PSICO-SÍNTESIS. Armonía de la vida I, México, ENKIDU, p. 230.

2. Watts, A. (1987). Psicoterapia del Este Psicoterapia del Oeste, Barcelona, Kairos.

3. Yalom, I. D. (1984). Psicoterapia existencial, Barcelona, Herder.

4. Ellenberger, H. F. (1977). Existencia, Barcelona, Gredos.

5. Fromm, E. (1992a). Ética y Psicoanálisis, México, Fondo de Cultura Económica.

6. Fromm, E. (1992b). La revolución de la esperanza, México, Fondo de Cultura Económica.

7. Salama, H. (1997). GESTALT De Persona a Persona, México, I.M.P.G., p. XV.

8. Salama, H. (1999). Encuentro con la Psicoterapia GESTALT (Proceso y Metodología), México, I.M.P.G., p. 157.

9. Gómez, L. M. (1996). El desequilibrio en sistema de valores ideacionales-sensatos como condicionante de la crisis mundial, México, FES, Zaragoza, UNAM, Tesis de licenciatura.

10. Wolman, B. (1987). Diccionario de Ciencias de la Conducta, México, Trillas, p. 387.

11. Escuela Nacional de Estudios Profesionales, Zaragoza, (1983). Introducción a la unidad de implicaciones éticas en la psicoterapia.

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